<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6764783</id><updated>2012-01-13T06:55:56.279-08:00</updated><title type='text'>Adicciones de un hijo de fin de siglo</title><subtitle type='html'>Serie de columnas de Terenci Moix publicadas en El País durante el mes de agosto de 2000</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://adicciones.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6764783/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://adicciones.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>archivo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14695316869575414075</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>1</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6764783.post-108177642366179522</id><published>2004-04-12T05:49:00.000-07:00</published><updated>2004-04-12T06:30:57.186-07:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;strong&gt;A SU CASTIDAD EL PAPA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 1 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noticia me ha dado el verano: al parecer, el Ejército surafricano utilizó todo tipo de torturas y métodos químicos para castrar a militares y soldados homosexuales, practicándoles en algún caso el cambio de sexo. Resultado: muchos suicidios posteriores y mucho internado en clínicas psiquiátricas.&lt;br /&gt;Semejante sistema no por original es nuevo. Si nos ceñimos a la castración espiritual no hace falta llegarse hasta Sudáfrica, que bien sabe aplicarla. Su Castidad el Papa cada vez que abre la boca. Y aquí pienso en todos los homosexuales católicos condenados al remordimiento perpetuo: al orento autorizado por una religión a la que quieren acogerse desesperadamente mientras las rechazan los servidores de la misma. Esos homosexuales que, por culpa del Vaticano, se convierten en carne de psiquiatra. Pues frases como “los gay deben aprender a llevar su cruz y vivir castos” son para dejar a un jovencito desquiciado para los restos.&lt;br /&gt;Nunca se reprimió Su Castidad a la hora de escupir anatemas. Semanas atrás, le dio la temolina porque, en Roma, las fiestas del orgullo gay se le mezclaron con las cachupinadas del Jubileo. Según él, las alegres comparsas que se manifestaban en pro de sus derechos más elementales ofendían al orgullo católico, que tendría en Roma su capitalidad sólo porque, en tiempo, cuatro pringados se dejaron zampar por los leones de Nerón ante los ojos atónitos de Robert Taylor.&lt;br /&gt;Quedarse en exclusiva con la ciudad de las maravillas es un abuso. No sé qué diría Tito Livio. Por otra parte, más le vale a la Iglesia no reivindicar la época en que cortó de verdad el bacalao. No pondría yo a la historia vaticana como ejemplo de tolerancia. Quegrite Giordano Bruno desde su pira en Campo dei Fiori. Que aúllen los judíos sacrificados durante siglos en el guetto del Tevere. Que hablen los librepensadores guillotinados en Piazza del Popolo o los carbonarifusilados en el tenebroso Castel Sant Angelo (aquí entonaría un Vissi d’Arte la inmortal popolana Floria Tosca).&lt;br /&gt;Cuando Su Castidad Wojtyla pronunció sus divinas sandeces contra el orgullo gay, nos daba a los paganos el mejor pretexto para seguir siéndolo. ¿Que le hemos ensuciado Roma? ¡Anda ya! Los gay estábamos en Roma mucho antes de que el apóstol Pedro incurriese en el esnobismo de hacerse crucificar cabeza abajo; deporte que, por cierto, ya sólo se practica en los clubs Eláter y en las distinguidas páginas sado-maso de la Red.&lt;br /&gt;Claro que, si insistimos en el sadismo espiritual, sigue teniendo la Iglesia del polaco campo abonado. Y detalles de kitsch y humor negro. Lo de “llevar la cruz” es digno de copla de Quintero, León y Quiroga; y una de dos: o Wojtyla se ha vuelto folclórica o le da por el revivaly recupera un vocabulario muy popular en mi infancia, dominada por una Iglesia tributaria del franquismo, puro y duro. Y ella misma durísima y poco pura.&lt;br /&gt;Intento ponerme en tesitura de creyente y veo que no hay en todo el orbe cristiano un hereje que lo tenga peor que yo. Desdichado de mí, ¡hélas!, que estoy destinado a no conocer el reino de los cielos. Y es que el paraíso de Wojtyla, como el Ejército surafricano, sólo está reservado a los muy machos. Juana de Arco, sin ir más lejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;FUMANDO DESESPERO&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 2 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me enviaron tantos y tan emotivos emilios cuando conseguí abandonar los diabólicos ducados, que me dolió la misiva publicada en este periódico por una ciudadana que afirmaba haberme visto reincidir en la ignominia. Mal país éste, donde hay gentes que se precipitan a afear conductas sin esperar a que lo haga el interesado. Si recaí, bastante desgracia tengo, porque mi salud empeoró. Que conste en acta: bajé la guardia, me mortifiqué y juré, como Escarlata, que volvería a Tara limpio y contrito. Y en esto andamos, que es mucho andar para la birria de pulmón que me queda. Y en esto se confirma lo alarmante de mi artículo: al hablar de fumadores nos referimos a verdaderos enfermos, y las tabacaleras son nuestros verdugos. O sea, que pocas bromas.&lt;br /&gt;Comprobé que basta un solo cigarrillo para recaer, y un mal rollo para provocarlo. ¡Tan implacable es el imperio de las drogas! En mi caso fueron unas horas de soledad encerrado en la habitación del Ritz y un almuerzo suspendido demasiado tarde. Parecerá a algunos que no es razón suficiente. En cualquier caso, recomiendo a los que quieren dejar de fumar: no os quedéis solos ni para un suspiro.&lt;br /&gt;Pensé entonces en las divinas fumadoras del cine de los sábados, las que nos han hecho como somos. De todas esas damas –la Bette, la Stanwyck, santa Ava- sobresale en el recuerdo Sara Montiel cuando fumaba esperando al hombre que más quería. Esa Antonia de La Mancha fue un impacto que no puede explicarse con palabras. Las multitudes se le rindieron sin reservas, y la censura tuvo que inventar nuevas canalladas, porque su munificente escote se saltaba todas las normas. Los esbirros de la censura, ya se sabe, eran capaces de ponerle braguero al Pato Donald y sostenes a Tarzán, pero la furia despertada por El último cuplé no pudieron controlarla. Cierto que en algunas escenas pegaron una gasa al escote de la diva, pero ella, con el simple concurso de un deshabillé, una chaiselonguey una boquilla puso erotismo en medio mundo.&lt;br /&gt;Hace ya tiempo que cambió su antiguo arsenal de seducción por un puro, como si Winston Churchill se hubiese vuelto vampiresa. La reencontré de esta guisa el pasado mes de junio, en un almuerzo con Pedro Manuel Villora, que le está escuchando las memorias. Yo me sentía muy valiente a causa de mi triunfo sobre los ducados de mierda, así que dije:”Tú fuma, fuma, que a mí no me afecta”. Y dijo Antonia, con ese deje popular que los años no han conseguido borrar: “No te pongas chulo, que muchos santos cayeron. Y un exceso de confianza en la curación mata más que la enfermedad”.&lt;br /&gt;Siguió ella con los puros y yo seguía con mi cantinela: “Fumad, fumad, que a mí no me afecta”. Y juro que así era y así fue durante cuatro meses hasta ese día fatal en que bajé la guardia.&lt;br /&gt;Ella, en sus películas, solía consolarse del engaño de los hombres metiéndose a monja, pero, ¿de qué voy a meterme yo si nunca tuve alma de novicia? La recaída me autoriza a pensar que podría meterme de bufón del reino, pero sería Yorick, aquel cuyo cráneo acarició el dulce príncipe de Elsinor. Porque en cráneo de difuntillo acabaré antes de tiempo si no levanto la guardia a la altura de los antiguos obeliscos. Y que así lo retengan todos aquellos que han tenido la bondad de escribirme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;MEDEA Y LOS BÁRBAROS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 4 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En algún lugar dejó escrito la gran madre Oscar Wilde: “La escena es el refugio de la gente demasiado hermosa”. Completamente de acuerdo cuando se trata de Nuria Espert, que acaba de recibir en Mérida la pleitesía de las nobles ruinas, testigos de su prestigio teatral, edificado a base de oficio mantenido día a día, año tras año, a sangre y fuego. No es el caso de la televisión, ese invento prodigioso que se pretendía heredero del cine y el teatro y está acabando, como mucho, en letrina de cuartel. Lo que este verano estamos viendo en los programas de famoseo excede a la muerda, a la cretinez, a la estulticia y aun al crimen. Sólo unas palabras dedicadas al homenaje a Espert en Mérida, cuatro o cinco noticias sobre la muerte de Carmiña Martín Gaite, y mientras, esa tropa del Gran Hermano se pasea llenado programas infectos sólo para demostrar lo que ya se vio cuando vivían en la casa: son el reflejo de una España alucinante, vacía, vulgar, pobre de lenguaje y de ideas. Así las cosas, no es de extrañar que el único hermano que nos e prodiga sea el inteligente Koldo, el que leía a Kafka, autor de escaso predicamento en la inmensa geografía del horterismo (la definición de Historia que dio el llamado Pisha era como para dejar de creer en el pueblo soberano).&lt;br /&gt;Volviendo a Mérida. Ese teatro, tan hermoso como quería la madre Oscar que fuesen los seres que lo pueblan, recordó los tiempos en que una juvenil Espert fue Medea y, más adelante, Salomé. Como yo traduce esta última obra, comoa demás considero a Espert tan hermana como Ana María,dredacté gustoso unas palabras que leyó la Galiana, esa mujer maravillosa de Solas, otro de esos productos que hacen pensar en lo grande que puede ser el testimonio español cuando está en manos de gente que piensa, aunque no cuente con el apoyo de las revistas, ese nuevo Gotha de las peluquerías.&lt;br /&gt;Santayana escribió: “Ya que los bárbaros tienen sus placeres, han de tener también sus apologistas”. Justa definición de lo que está ocurriendo ahora en España, donde hay gente que gana mucho dinero comentando durante horas enteras las andanzas de personajes completamente impresentables: fregonas venidas a más, pendones de discoteca y chulos de playa con ínfulas de artista.&lt;br /&gt;Es sintomático que mientras seguíamos las andanzas de este personal, Espert enriquecía su currículo con una temporada prodigiosa. Estbaa interpretando, junto a Flotats, La gaviota chejoviana y ensayaba MasterClass, con el difícil embolado de personificar a María Callas; en plenas representaciones de esta obra, se puso a ensayar Quién teme a Virginia Wolf y, entre función y función, dirigía la Turandot de la reapertura del Liceo.&lt;br /&gt;Mi devoción no es, pues, gratuita. Recuerdo siempre horas impagables junto a Espert, y me considero afortunado por haber podido pasar una a una las hojas del almanaque de sus grandes. AL igual que Irene Papas –a quien dirigió en otra Medea histórica- al igual que la Galiana o la película Solas, nunca será material de los veranos televisivos, esa estación que, invirtiendo la frase de la madre de Oscar, se está convirtiendo en el refugio de la gente demasiado hortera. Y que no deje de sonar La Bomba porque el desastre no ha hecho más que empezar y quiere música. O lo que ellos entienden como tal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;ORWELL-SEX&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, 5 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los anuncios de las casas de relax -¡así las llaman, cuando el trajín que venden fatiga tanto!- suelen ofrecer una literatura que me divierte. Son muy buenas las gacetillas que anuncian preñadas o parejas compuestas por madre e hija (todavía no han llegado a ofrecer tatarabuelas y tataranietas, pero todo se andará). No descarten, desde luego, aquellos en los que se pregona el nacionalismo a flor de paja: “Tenim noies catalanes autèntiques” (“Tenemos chicas catalanas auténticas”). Limpieza de sangre asegurada. ¿Será una empresa de la Generalitat? EN cualquier caso, sí diríase el reclamo de cierto canal televisivo una casa de relax que obedece al catódico título de Gran hermana. Mayor celeridad, imposible. &lt;br /&gt;Ignoro si los mercaderes de la carne han leído a Orwell, pero dudo de que tengan tiempo, pues la adaptación del conocido personaje a las artes del relax es dudosa, si no alarmante. ¿Sabrán que gran Hermano es el ojo que todo lo ve y todo lo controla? Quiere decir, entonces, que el cliente se ve espiado en todos sus actos, luego manipulado. ¡Gran Hermana! ¿es una madame demasiado cotilla? O, por el contrario, ¿es una pupila tan afectuosa que se convierte en una Florence Nightingale del coño para consuelo de clientes que necesitan afecto sumo, además de solaz? También pudiera ser una sutil adaptación del complejo de Electra, ya que el cultivo del de Edipo lo aseguran ampliamente en revistas y televisiones las no profesionales, esas petardas antañonas, de morros siliconados que exhiben novietes, preferentemente cubanos, cuya edad triplican. Sea lo que fuere la Gran Hermana, demuestra el formidable poder de la televisión como arma deformadora; es decir, los adeptos al relax no han ido al origen (Orwell), sino a su deformación a través de un concurso y la abundante literatura periodística que ha generado.&lt;br /&gt;En este punto, diré que me resulta más atractiva la literatura de las putas de siempre, desde la amateur capaz de arruinar a un hombre honrado (“Quien te puso Salvaora, qué poco te conocía”) a la abnegación que sólo pide amor (“Yo te dije estás cumplío, no me tienes que dar ná”). Putas hubo siempre en el cine, que generaron frases publicitarias sublimes, como la felliniana Las noches de Cabiria: “Vivía con los pies en el fango y los ojos puestos en el cielo”. Quería decir que Cabiria era santa de altar, luego tontiña. &lt;br /&gt;Putas ha habido, en resumen, que han ganado el cielo, siendo la primera de todas María de Magdala, que no en vano dejó su negocio por Cristo (luego no volvió a ingresar un duro, pero una cosa va por la otra). Y antes de llegar al concepto cursilón de señorita de relax hubo putas egregias que inspiraron páginas geniales a grandes escritores, tal Rafael Alberti, que escribió un suntuoso catálogo del putería barroco en su versión escénica de La lozana andaluza. Por cierto, que Rafael se recobijaba citando una novela sicalíptica que había conocido gran fama en su juventud, La mancebía de Madame Orloff. Sin embargo, desconfié yo siempre su utilidad, pues la puta rusa siempre fue muy complicada. Acuérdense de la Nastasia Filipovna de Dostoievski. Para no hablar de la Liuva de Andriev, que se metía a un anarquista en la habitación y a poco acaba concienciada como Simona de Beauvoir.&lt;br /&gt;Puesta de ayuer, putas vintage, aptas también para chiste. Nada más fácil. En la época del cine mudo, el filme Varieté puso de moda a la actriz alemana Lya de Tutti, cuyo nombre consideraban impronunciable las damas barcelonesas de buen tono, sin que en Alemania entendiesen por qué. En cuanto a la mujer de Puti-far no han de extrañarnos sus acosos al caso José, teniendo en cuenta el nombre de su marido.&lt;br /&gt;De todo hemos tenido en la larga historia del relax, o del sacerdocio, como las llamaban en la época de la diosa Astaté. Lamentablemente, incluso en las artes del putería hemos ido a menos. También aquí han acabado imperando los mensajes de la televisión. ¿Para cuándo una casa de chulos potentes que se llame Telediario boys?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;NOSTALGIA DE ALEJANDRÍA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 6 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Está regresando una moda alejandrina. Se recuerdan dobles paraísos perdidos: la gran metrópolis que, en la época de los Ptolomeos, fue centro de la cultura mediterránea y la urbe multirracial que a mediados del pasado siglo, con la modernización de Egipto emprendida por Mohamed Alí, se convirtió en lo que ensayistas han llamado un ejemplo de cultura de la convivencia: esa Alejandría de “las cinco razas, cinco idiomas, cinco sexos” a la que se refería Larence Durrell, que vivió sus estertores. Es tan grande el prestigio del Egipto faraónico que se olvida a menudo la importancia, la fascinación de los dos periodos citados, además del copto, pero la inauguración de la Gran Biblioteca –cuyas obras visité con mirada de asombro- pondrán seguramente al día la extraña ciudad-espejismo que sigue siendo una tentación para el poeta. No en vano fue soñada por Alejandro, con guión escrito por Homero.&lt;br /&gt;Ahora mismo está prosperando una literatura de evocación, que se levanta sobre la muerte decretada por la Historia. Me refiero a los escritos, ya numerosos, de los alejandrinos que tuvieron que abandonar la ciudad a partir de 1956, concretamente después de la nacionalización del canal de Suez y del capital extranjero. El sentimiento de orfandad derivado de este exilio forzoso tiene precedentes en mi memoria de lector. Efectivamente, en el inmenso monumento literario que son sus Memorias de Ultratumba, tiene Chateaubriand un momento particularmente alejandrino trasplantado a París: al regresar de su exilio inglés, para por la plaza de la Concordia, donde estuvo instalada la guillotina en tiempos del Terror, y evoca a sus familiares ejecutados. No recuerdo si es en este momento- pues cito de memoria- cuando decide lo dulces que eran las horas antes de la revolución; pero la frase ha hecho fortuna hasta ser legitimada por cuantos han sufrido en sus carnes los reajustes derivados de cualquier revolución.&lt;br /&gt;Esto es particularmente cierto en los libros de autores alejandrinos que eran adolescentes cuando Nasser tomó el poder. Todos recuerdan las fastuosas horas de la ciudad cosmopolita, y si vistan la Alejandría actual sólo es para descubrir que la mayoría de las grandes villas han sido sustituidas por horribles edificios de hormigón armado. Azza Heikal lleva la nostalgia al extremo de reproducir en la portada de su libro L’education alexandrine el palacio donde nació y se educó, convertido hoy en edificio gubernamental. Y nuestro Instituto Cervantes, de probadísima eficacia en Egipto, ocupa un palacio que fue de dos hermanas italianas dadas a la prosapia y al dispendio. Como por otro lado cualquier alejandrino de pro.&lt;br /&gt;Los bienes de las grandes familias fueron requisados y malvendidos. En los anticuarios de Atarin todavía es posible encontrar valiosas piezas art déco y aun pequeños recuerdos de la vida social, como insignias del Sporting Club, volúmenes requisados a la biblioteca del Collage Saint Marc –yo encontré algunos que son un Potosí- e incluso pasquines cinematográficos procedentes del cine Metro y que van desde Los tambores de Fu Man Chu –para envidia de los adictos Jun Marsé y Juan Manuel de Prada- hasta el cartel en árabe del Don Juan de Sáenz de Heredia. Teniendo en cuenta que en los años cuarenta sólo se estrenaron dos películas españolas en Egipto, éste puede ser envidia de cualquier Filmoteca de pro.&lt;br /&gt;Yo me limito a envidiar las dos Alejandrías que no me fue dado conocer. La de los Ptolomeos y la de Forster y Cavafys. Me queda, en la actual, lo que Durrell dio en llamar el Spirit of Place. Y a fe que puede más que yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LENCERÍA PARA MACHOS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 7 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En alguna revista de la “patacada” - que es como en Cataluña llamamos a lo más bajo - el renombrado trovador Alejandro Sanz comunica que nunca se ha acostado con ningún nombre . Buena noticia para las quinceañeras ,que a lo peor se crucificarían vivas si uno de los ídolos les saliese lagartona, y mala noticia ,para muchos hombres que desvirgarían gustosos al Alejandro de marras porque el zagal tiene un polvo que se lo pisa . Que al no probar a los hombres desaproveche a la mitad de la raza humana es su problema, pero el mío verdadero es que me importa un pito con quien se acuesta Alejandro Sanz y lo mismo debiera ocurrirles a los periodistas, que igual se han inventado tal jeremiada.. También pudiera ser para acallar a una opinión publica que cada vez se muestran mas reaccionaria , lo cual equivale a decir idiota.&lt;br /&gt;Let´s face it, Alejandro Sanz sería igual de buen cantante si se acostase cada noche con un camionero distinto - hay efebos a quienes les molan sudados y con olor a gasolina - o podría ser un pésimo cantante siendo Tenorio, por lo clásico, o putero por lo ansioso. Él , lo que tiene que procurar ,es que los corazones le salgan partíos con grand class , y quien se lo parta es cosa suya. Y las fans que se fastidien, por borregas. ¡Ay, esos Tadzios hodiernos, que no acaban de asumir su importancia en el mundo !&lt;br /&gt;A mi me pareció escandaloso que Ricky Martin se querellase porque una revista le había tratado de homosexual, lo cual equivale a considerar la homosexualidad como un delito. Y es que estamos hablando de Ricky, el sabrosón, ese odalisco cuyos meneos no los igualaría Ninon Sevilla ni Merche Barba ni María Antonieta Pons y otras rumberas de empaque. Las rumberas de los años cincuenta tenían más cojones, pues si es cierto que la impar Ninon - sus películas permanecen ineditas en España - rodó Aventurera, no lo es menos que protagonizó No niego mi pasado. Y de ella debieran aprender todos esos mocitos que, con más plumas de Mistinguette, quieren convencernos de que son más machos que John Wayne.&lt;br /&gt;Lo cierto es que no es macho todo lo que reluce. Esther Williams, la sirena de nuestra infancia ha contado sus amores con Jeff Chandler, que se hizo famoso como el indio Cochise en el filme Flecha rota. Este símbolo del machismo yanqui escondía dos cosas : que era judío ,de nombre Ira, y que en la soledad de su alcoba le gustaba vestirse de mannequin de Balenciaga , talle sirena, escote bañera y sostenes, bragas y medias incluidas. Jeff tiene página en la Red - visítenla, las fotos son magnificas - , a cargo de una admiradora que continua presentándole como el all american male , del mismo modo que Esther Williams era el prototipo de la americana deportiva, sana e íntegra. Sólo que cuando vio al símbolo macho con el miembro viril escondido bajo bragas de satén, se le cayó el indio al suelo.&lt;br /&gt;Ni a mi ni a cualquier persona sensata le caería nada al suelo de averiguar con quien se acuestan Ricky Martin y Alejandro Sanz. De hecho, a las personas sensatas y a mí nos importa un pito el tema. Sólo que, en su alarmante juventud , esos divos parecen ignorar que los vericuetos de la sexualidad son múltiples y variopintos. Y como le dijo la Virgen de Lourdes a Bernardette Soubirious: “cada uno en su sexo y Dios en el de todos, tontita.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;UNA VOCE POCO FA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 8 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ha muerto otro gigante, esta vez ambiguo en sus opciones artísticas. ¿Le llora Talía, esa musa tan plañidera, o los Hermanos Lumière ? Me quedo con la duda, cosa que no me ocurrió a la muerte de John Gielgud , cuando tuve bien claro que la gran estirpe de los Garrick y Kean quedaba interrumpida. Sir Alec Guinness, por el contrario, es el actor clásico inglés que mayor fama internacional obtuvo a través del cine . Me refiero el conocimiento de las multitudes, por supuesto. Y es que mientras todo el mundo recuerda la perrería que le cogió por aquel dichoso "puente sobre el río Kwai", o los ocho papeles de Kind Hearts and Coronets, pocos espectadores que no sean adictos al West End londinense - es decir la mayor parte de la humana especie - conocen a primeras figuras como Pamela Brown, Paul Scofield o Edith Evans ( la mejor Lady Bracknell que la madre Oscar pudo imaginar )&lt;br /&gt;Si Alec encontró un vitalicio a partir de 1948, con la memorable versión de David Lean de Oliver Twist , culmina el vitalicio con La guerra de las galaxias, donde interpretaba el papel de Obenobe-No -Sé -Qué. En cualquier caso, nombre complicado para los que no somos adictos a esta saga (debo comentar que nunca entiendo qué ocurre en ella y acabo pensando en la ardilla de la fábula : Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas , ¿son de alguna utilidad ?&lt;br /&gt;Cuenta el anecdotario del cine que para aparecer en la saga de Lucas, cobró sir Alec Guinness un punto de participación en los beneficios, y como estos fueron apoteósicos quedó convertido en un Creso para el resto de sus días. No sé si para un papel tan tonto era necesario un actor que había hecho a Shakespeare, a Ben Johnson, a Marlowe, a Sheridan y algún otro príncipe del repertorio inglés. Pero que lo de Obenobe fue un vitalicio, eso va a misa, aunque sea anglicana. Con películas más valiosas debió de ganar muchos menos doblones el sir difunto. Dios le tenga en sus galaxias.&lt;br /&gt;Particulamente, mi devoción por Guinness parte de dos papeles situados más a ras de tierra : su memorable Marco Aurelio en esta obra maestra incomprendida que es La caída del imperio romano - la madre de todos los Gladiators - y especialmente el papel del príncipe Faisal en Lawrence de Arabia , madre definitiva de todas las películas de desierto con loca sadomaso incluida . Se dirá que en la carrera de Sir Alec hubo papeles de mucho mayor lucimiento - a veces hasta excesivo - , pero lo que me apasiona de las dos interpretaciones citadas es el extraordinario mimo con que el interprete trata un elemento - es decir , un don -, poco cuidado a veces en las películas : el idioma, en este caso el inglés, con todas sus riquezas. Tanto es así que no sé si está interpretando un papel o dándonos una clase a los palurdos.&lt;br /&gt;Durante años estuve utilizando esas películas para perfeccionar mi acento inglés, lo cual quería decir alejarme lo máximo del norteamericano, o lo que se hable en aquellas lejanas junglas. Utilicé también con profusión unas cassettes de gran utilidad en los años setenta, cuando aún no existía el vídeo: grandes piezas de la literatura interpretadas por las primeras figuras de la escena inglesa. Podía pasar de Dylan Thomas leído por Richard Burton a Próspero recitado por Gielgud. Y entre muchas auténticas perlas, en la voz de la sublime Claire Bloom, a la mejor Julieta del siglo. Curiosamente, me defraudó el Macbeth de Sir Alec Guinness : por una vez, esa voz prodigiosa carecía de presencia, y se perdía todo el clima maligno de la obra ( una obra que ha de oler a azufre por los cuatro costados, me dijo un día Peter O´Toole.) Pese a todo destacaba, como siempre, el exquisito cuidado del idioma, el gusto por los malabarismos en el ritmo, la magia en las inflexiones. Nada de lo que me había enseñado el cine de los sábados. Y es que, seamos sinceros, entre el inglés de Alec Guinness y los escupitajos de Bogart existe la diferencia que va de la cultura a la barbarie.&lt;br /&gt;Claro que el gran cine siempre gastó bromas muy pesadas. Guinness tenía el idioma y Bogart la magia. Es como Marilyn: nunca podría interpretar a Porcia, pero me pregunto si le hacía puñetera falta siendo como fue una Lorelei Lee tan divina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;FLORILEGIO DE ORDINARIAS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 9 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las características más pintorescas de estos tiempos es que la fama -o, mejor, la irrisión de la misma - está por fin al alcance de todo el mundo. Pepe Navarro expuso escuetamente las bases de la nueva ideología: "La televisión ya no necesita traer figuras porque las crea ella. Basta con tres apariciones afortunadas para convertirse en VIP!". Es, en efecto, el milagro de la fama instantánea. Mañana mismo puede caerle a tu vecina , la adicta a los concursos. No creo que debamos alegrarnos. A la larga, la fama de cualquier quisque es la perdición de muchos.&lt;br /&gt;Esto me sugiere lo que está sucediendo a mi alrededor : un estío invadido por el mal gusto y la aparición de una nueva clase de personalidades que han hecho de la ordinariez su bandera y de la vacuidad su peculiar forma de glamour. Y es que cuando creíamos que ya nadie podría ser más kistch que Ana Obregon ni más ordinaria que Victoria Abril ni más grotesca que Maruja Díaz, llegó un nuevo tipo de tele-mujer llamada Cristina Tárrega y nos demostró que hasta lo plus de lo peor es susceptible de empeoramiento. Con ella, las masas han llegado al cúlmen de su revuelta ; ella es lo más coent que ha salido de la huerta valenciana desde la cosecha de pimentón del 69 y, encima la portadora del nuevo mensaje que quiere decir más poderío cuanto peor educación se demuestra , cuando la razón se obtiene no por la inteligencia sino por no dejar hablar a los inteligentes. Y no se pierdan sus ataques contra el machismo esgrimiendo teorías de cajón que harían sonrojar a cualquier feminista seria. En resumen: la Tárrega es mi favorita en el catálogo de rústicos adaptados malamente a la cultura urbana.&lt;br /&gt;Por suerte para su alto magisterio no está sola ; por el contrario, las nuevas corrientes están ampliamente representados en las televisiones por increíble marcas de zagala llamados Yola Berrocal o Sonia Monroy, por citar a quienes he oído hablar y no he podido averiguar si en realidad eran las que en tiempos doblaron la voz de la Mula Francis. Tanto sus declaraciones como su expresividad no son de cristiano .De la señorita Monroy se nos dijo que Philippe Junot no había querido jugar con ella al pádel porque le faltaba curriculum ( de todos modos, me pregunto qué glorias encierra el curriculum de messié Junot ) . Ella se soltó con una perorata que convertía a Antonio David Flores en símbolo de la oratoria. En cuanto a esa caricatura ambulante que es Yola Berrocal, pasará a la inmortalidad por frases mejor o peor articuladas pero que tengo por inmortales.: “Es que nosotros, los famosos…” - dijo un día. Y esa fama ha de ser pasmo de la época.&lt;br /&gt;¡Pobres petardas, flores de un día, que se creen la rosaleda del rajá ! Prestemos siempre atención a sus declaraciones, porque son piedras preciosas Aunque ninguna como la que soltó la refinada Aina , concursante del Gran Hermano : “Me meo que te cagas” Que yo sepa en este país nadie ha sido tan dadá sin pretenderlo. ¡Qué no haría, con semejante frase, Ramon Gómez de la Serna ! Por lo menos aclararnos su profundo significado :¿quiere decir que la referida Aina se orinaba encima porque estaba defecando Ismael, llamado el Pisha ? ¿O acaso que su incontinencia la provocaba la defecación del otro ? ¿O que hacían sus necesidades todos a la vez, y uno le daba al orín y otros a las caquitas, and so on, so on, so on…? En resumen: glamour de mingitorio.&lt;br /&gt;Mucha famosilla de nuevo cuño - dije cuño, que conste - anda prosperando este verano, y por si ellas no acabasen de acuñarse del todo, siempre quedarán las veteranas del cutrerío ; siempre habrá una Carmina Ordóñez dispuesta a obsequiarnos con sesudas meditaciones sobre la crisis de los sentimientos en la sociedad industrial. Aunque en honor de la preparación intelectual de sus compañeras de famoseo diré que ninguna se priva de filosofar en profundidad no bien se encuentran en las mesas redondas - mesas, que no camas - de esos programas televisivos donde sus equivalentes masculinos se atreven también a opinar sobre todo lo divino y lo humano.&lt;br /&gt;Pero de los machitos me ocupo en otro apartado - Blasón de horteras - , porque tanta imbecilidad no cabe en un artículo. La misión del presente era recomendaros que no os apartéis ni un sólo instante de su aparato de televisión. Os servirá para comprender que si las masas han ganado la batalla, en los representantes de esta victoria encontraran su castigo secular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;ELLA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 10 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como cada agosto, me he visto obligado a descolgar el teléfono para no soportar el coñazo de Marilyn Monroe. No por su acción directa, santa mía, que ya estará su cuerpo más podrido que el alma del verdugo de Pinochet. La culpa es, como cada año, de las innumerables radios que han proliferado en este país y que, a falta de cadáver más exquisito que llevarse al micrófono, desentierra a la pobre Marilyn para llenar un rato de programa con un entrevistado que sepa de qué va el asunto. Pero suelen equivocarse en sus intereses: al igual que tantos peterpanes de mi generación yo puedo hablar de lo que significó Marilyn en mi biografía, su papel en el imaginario colectivo, sus características como mito cinematográfico, pero ya me coge muy para allá cuando surge el archisabido cotilleo sobre su muerte. La pregunta inevitable.: Quién mató al comendador? ¡Y a mí que me cuentan, señores locutores! Ni que fuese yo Laurentia.&lt;br /&gt;El tema aburre, por sabido. ¡Otra vez los supuestos líos con los supuestos Kennedy! PPor fortuna se ha ido disipando la que fue, durante años, otra pregunta favorita y objeto de polémicas incluso cultas: ¿Era buena actriz o sólo una vulgar vampiresa sin seso? Y digo que se ha ido perdiendo “por fortuna” porque ya deben estar criando malvas los críticos imbéciles que se dedicaron a mortificarla negándole cualquier asomo de talento. Tanto es así que al estrenarse La tentación vive arriba, uno de esos plumíferos escribió: “Agárrense a la butaca, señores, la Monroe puede actuar”. ¡Cretino de mierda! Como si, tres años antes, Los caballeros las prefieren rubias y Cómo casarse con un millonario no hubiesen confirmado en Marilyn a la mejor commediènmedel cine americano desde la intocable Carole Lombard. Lo que nuestra rubia favorita tuvo que sufrir por culpa de los aristarcos sólo es comparable a lo que sufriría bajo la dictadura de Darryl F. Zanuck, que la consideraba poco más que una perra de arrabal. Como una especie de venganza poética, ella ha sobrevivido a su época e incluso a mi generación. Las más recientes, las que vinieron al mundo con el videógrafo bajo el brazo, le han rendido culto a través de una inmortalidad ya establecida, pero otras estrellas –Garbo, sin ir más lejos- no han pasado la prueba, pese a ser inmortales con pedigrí. Hoy en día, en las tiendas de coleccionismo cinematográfico, las fotos de Marilyn son casi las únicas que todavía se cotizan alto. Y es que continúa atravesando pantallas. Es carne que parece carne, como dijo Lawrence Olivier.&lt;br /&gt;¿Y qué significado tuvo para nosotros, los peterpanesde los años cincuenta? La revelación del erotismo, claro; pero no sólo esto. La magia del color por De Luxe en un universo gris. La irrupción del cinemascope como símbolo de grandiosidad. El supremo artificio del llamado glamour… Marilyn, como tantas cosas del entrañable cine de ayer, se ha convertido en una referencia; el icono que me permite medir el inexorable paso del tiempo. Marilyn incendió las pantallas con Niágara en 1953. El cinemascope llegó en el 54. Cuando ella murió ya corría el 62. La verdad, Jaime Gil de Biedma –I miss him!- se equivocó cuando dijo que de todo hacía casi veinte años. Hace ya cuarenta por lo bajo. Mal asunto el de la maldad del Tiempo. Feo, puto asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;BLASÓN DE HORTERAS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, 11 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablábamos anteayer de las ordinarias y ya dije que los machitos no les van a la zaga. Sin que sea nada nuevo, por supuesto. El hortera es un personaje muy antiguo en el imaginario español; sólo que ahora se viste de Arman, Valentino y Versace. (Noticia de una revista: dos concursantes de Gran Hermano, los llamados Silvia e Israel, ya compran en Gucci. Una de dos: o ellos han subido su gusto en pocos meses o Gucci ha rebajado el suyo).&lt;br /&gt;Recuerdo un delicioso cantable de la inmortal zarzuela/revista La Gran Vía: “Yo soy un baile de criadas y de horteras/ a mí me gustan las cocineras/ a mis salones se disputa por venir/ lo más selecto del ay gili”. &lt;br /&gt;Esos salones del baile llamados El Elíseo están hoy más frecuentados que nunca. Tenemos desde el hortera de a pie –ciertos ejecutivos- a los horteras estelares, luminarias del universo catódico, feraz espejo de nuestros males. Destacan por su ubicuidad un tal Ernesto Neyra y un tal Antonio David. COmo algunos otros, su prestigio procede de haber frecuentado coños famosos, de los cuales se vieron expulsados. Ellos son listos y de aquella frecuentación les ha salido un vitalicio. A coño usado, televisión nueva. Y si uno fue bailarín y el oro heroico pone-multas de la Benemérita ahora son pollitos pera con ínfulas de Beau Brummell en atuendos que les vienen anchos. &lt;br /&gt;Ésta e suna de las reglas básicas para ser hortera catódico: hacer el ridículo vestido de marca cuando uno no tiene marca alguna. Se pasa del hambre a pagar con visa oro en tiendas de lujo, pero el monje se queda con el mismo hábito. Con lo lindo que estaba Antonio David vestido de guardia civil y el Neyra de flamencón y lo deslucidos que aparecen ahora, marcando de diseño. Una pena. Es el drama de los hijos del pueblo cuando posan de marquesonas. ¡Se equivocan en tantas cosas! Por ejemplo: siempre están más bronceados de lo que el buen tono aconseja –no se trata de parecer Carmen Jones-; siempre intentan destacar con un lenguaje rebuscado, que les traiciona a cada palabra y son especialistas en el droping names, pero creyendo que Jean Paul Sastre es una marca de desodorantes.&lt;br /&gt;Corresponde este tipo de galán a lo que en otros tiempos se llamó chulo de playa y ahora acoge el dudoso nombre de Vips. Caso contrario: los horteras que lo son por exceso de elegancia… o lo que ellos entienden como tal. Las épocas de fortunas veloces –el milagro italiano, el pelotazo español- hacen que los advenedizos se pongan elegantes a toda costa, de donde la horterez encuentra sus horas de bonanza. Recuerden toda la pléyade de imitadores del prototipo señorito andaluz que se vio por los madriles en la era Mario Conde. Lo peor de todo acaba siendo los horteras que extreman la elegancia hasta en el bidé. Siempre tengo de cuerpo presente a la marquesa de Iria Flavia –née Castaño, ya va que chuta-. Esa entrañable matrona que ha dedicado su vida a la tercera edad y siempre aparece a punto para una foto de ¡Hola! Ella estaría divina como dependienta en unos grandes almacenes, preferentemente sección lista de bodas, pero ejerce de abolengo y, lo que es peor, pretende escribir como tal. Una risa. Un jolgorio. Una ridiculez con Nobel. Que haberlas, haylas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LA SARDÁ&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 12 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Revisando vídeos de un espectáculo semanal que hice con Rosa María en la televisión catalana anterior a la dictablanda  de Pujol, he tenido la impresión de encontrarme frente a la grandeza. Y es que en esta Sardà de los años setenta se hallaba ya la gran maestra que nos arrebata en la actualidad, ya sea en sus apariciones cinematográficas, ya cuando dirige y presenta la entrega de los premios Goya.&lt;br /&gt;Es una intérprete toda sabiduría, y ésta ha sido adquirida en la gran escuela de antes: pisando tablas hasta criar callos. No ha sido una carrera fácil, e incluso puede parecer contradictoria. Ha ido oscilando continuamente entre las concesiones a la popularidad y la conquista del prestigio. Al buscar un acercamiento al público, ha probado todos los géneros, con irresistible eclecticismo. Pudimos verla como gran actriz dramática y a los pocos meses como extraordinaria vedette, con cantables y bailables incluidos. Su entrañable inmediatez, su asombrosa variedad de registros, su capacidad para asimilar las más distintas facetas del espectáculo ayudaron a cimentar su renombre de actriz completa. &lt;br /&gt;Por supuesto, esta categoría fue puesta en duda dentro de los estrechos ámbitos del teatro catalán de los setenta, esa especie de huis clos donde el éxito sólo se perdonaba si ocurría lejos de la escena, el cine o la televisión. Cuando Rosa María había demostrado con creces su dominio absoluto en el género de la comedia, circuló en el lavadero teatral el rumor de que “siempre hacía lo mismo”. &lt;br /&gt;Podría haber cimentado toda su fama contentándose con hacer reír, pero fue mucho más allá en uno de los mayores casos de ambición artística que recuerdo. Teniendo ya la popularidad, contando con la adhesión absoluta del público, luchó por acceder al prestigio y vencer en buena ley las reticencias de los pedantes. Así, empezó a incorporar a su repertorio una serie de obras y personajes que iban de O`Casey a Benet i Jornet, de Becket a Gorka, para culminar con una impresionante Madre coraje dirigida por Lluís Pascual. Y cuando se enfrentó a un fabuloso one woman show, que hizo en el Lliure, dramatizó una ternura auténticamente popular –pues ella es una actriz del pueblo, una popolana nata-, transmitiendo una auténtica poética del barrio, en cuya evocación no tiene rival. Siempre la adoré en este registro, aunque, lógicamente, no podía quedarse en él. Tenía que ir al más difícil todavía hasta ofrecer en una serie televisa emitida únicamente por la televisión catalana –Una nit amb Vittorio Gassman-, la ósmosis perfecta de sus talentos cómicos y dramáticos; de su habilidad como entreneuse y su capacidad para oprimir el corazón del público desde el más estricto intimismo. Ha demostrado en suficientes ocasiones que puede ser un espectáculo en sí misma, pero, en mi opinión, el mayor espectáculo todavía es lo que le queda por hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;ADOLESCENTE FATAL&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 13 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Permítanme ingresar en el delirio, pues hablo de Sal Mineo, ese joven mártir de la brutalidad machista que, en su adolescencia, amó en silencio a James Dean bajo las estrellas de un Planetario circular. De ese amor entre rebeldes con mucha causa no se dieron cuenta los críticos, pero algunos adolescentes solitarios lo percibimos, con las consecuencias que todo ciudadano de Sodoma puede comprender y las vecindonas de Gomorra aplaudir. ¡Divino Sal Mineo, que al crecer desarrolló unas tetillas que dieron todo su sentido al warnercolor! No se escandalicen los pacatos. Es sabido que el cinemascope fue inventado por si un día ponía el pene en posición horizontal el superdotado Victor Mature.&lt;br /&gt;Se da la casualidad de que a mis catorce años yo me parecía a Sal como un Mineo a otro Mineo. Aprendía  cultivar el parecido por si un charcutero de mi barrio se dignaba aprovecharlo. Y no sólo eso. Además de triste, yo era un adolescentes con su punto de cursilería: le echaba rosarios a Santa Judy Garland para que un Príncipe Ignoto me raptase en la alfombra voladora del ladronzuelo Sabý y me llevase a las cumbres del Himalaya, donde habita, como es notorio, la Diosa del Ojo que Todo lo Ve. Acentuaba el parecido con Sal poniendo boquita de sarraceno –también llamada labios Bardot-y me salían dos protuberancias que para sí las quisieran esas petardas de Marbella que, de tanta silicona en los morros, parecen la Miss Piggy de los Teleñecos. Yo, por mis orejas, me parecía más a Toto Gigio; pero excluyendo este detalle que, años después, me permitiría volar como Dumbo, tenía la imaginación siempre encendida, como el fuego de Vesta, y no me fue difícil deducir que Sal Mineo era pariente del legendario rey Minos. Estimulado por los viajes de Sinuhé el Egipcio, y sus amores con la bailarina cretense Minea, me imaginaba bailando delante del toro en el teatro de Knosos; y como había tomado lecciones de Cyd Charisse en su danza ritual de Sombrero, lo hacía tan bien que el rey Minos me concedía la mano de su hijo predilecto que, naturalmente, era Sal. Y nos parecíamos tanto que decían los cretenses: “¡Ahí van Castor y Pólux ansiosos de fornicio”. &lt;br /&gt;¡Caray con lo mineico! Resulta que cuarenta y cinco años después de Rebelde sin causa y veinte después de su asesinato, sigo enamorado de una sombra. Como pueden comprender, equivale a seguir enamorado de mi adolescencia. Por eso mañana me gustaría hablar de Sal y no de mí. A ver si encuentro en mi archivo una foto golosa del galancito. Pues aunque Umbral afirme que Internet degrada la palabra -¡y mira que las hay en la Red!-, donde estén las tetillas de Sal Mineo que se quede en sus estanterías el María Moliner. ¿Ok?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;MÁRTIR GAY&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 14 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recuperando el tema de ayer, aconsejo, en Internet, el sitio de adecuado nombre –Pretty Boys Make Graves- que sirve de perenne homenaje a Sal Mineo. Su vida se vio acuchillada prematuramente, como la inocencia de los años cincuenta, esa década tan proclive al kitsch y que explica su imagen pública, así como la de otros sex-symbols juveniles de corta duración (¡ay, el blondo Tab Hunter y el trigueño John Saxon!). Representaron la falsa imagen de una juventud americana dinámica, rompedora y, sobre todo, glamourosa. Sal era, además, picantón, lindo como un bibelot y muy pinturero si hacía de roquerillo universitario, cuando se impuso la moda pijeras. Gracias a Rebelde sin causa, los adolescentes tristes sabíamos que empezó militando en el elenco de los incomprendidos. Su interpretación del niño Platon –el nombre lo dice todo- sigue siendo una de las bazas más conmovedoras de la película. Igual ocurrió en su vida privada. Su amistad con James Dean le dejó muy tocado. A raíz de su asesinato, la policía entró en su casa y entonces supimos que el salón seguía presidido por un enorme pasquín de Rebelde… Película que, por cierto, tiene mal fario: sus tres protagonistas –ella era Natalie Word- tuvieron muertes trágicas, si bien la del pobre Sal es la más representativa porque es la que más a menudo puede amenazar a los homosexuales desprotegidos. Fue una muerte anunciada.&lt;br /&gt;Los chulos que le apuñalaron en su garaje serían viejos cinéfilos, discípulos del os personajes de delincuente juvenil que él había interpretado en su adolescencia (Dino, The young don’t cry). Esa etapa de gloria quedaba ya lejos. Había sobrepasado la edad reglamentaria para seguir chupándose el dedo. Como tenía pinta de latino, hizo de indio juvenil de Tonka y Cheyene Autumn, de Ford. Salía con trenzas de María Candelaria y exhibiendo un torso que ya lo querrían los chicos del yogur famoso. Lucía, pues, con singular gracejo, aquellas tetillas que ponderé en mi artículo de ayer. Ellas explican que los nazis le “utilizase como mujer”, según contaba a gritos en una escena crucial de Exodo. En la película, esta explotación de su lindo cuerpo le dejó traumatizado; en la vida real bastante hizo con luchar contra el trauma de la edad. La generación que se había identificado con sus gracias de adolescente estaba ya en la treintena y, además, la década de los sesenta renegaba de la inocencia de la anterior. Así que Sal se puso en la onda de la nueva permisividad interpretando una obra teatral de escándalo, Fortune and men’s eyes, que debería subtitularse Peligros que corre el culo masculino en una cárcel yanqui. Fuera de ella, se permitió admirables licencias decretadas por la nueva década: salir en paños mínimos en una revista de culto para los esnobs After Dark. No sé si en esta época recordaba la frase favorita de su amado James Dean había sido la que pronunciaba el infortunado Nick Romano de Llamad a cualquier puerta: “Vive joven, muere joven y será un hermoso cadáver”. ¡Admirable premonición! Porque en el caso de nuestro amiguito Sal, lo que dejaron sus asesinos fue un cadáver exquisito. Hoy reservado únicamente a los necrófilos de pro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LA SEÑÁ ORDÓÑEZ&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 15 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Airean los quioscos un nuevo reportaje de la incalculable Carmiña haciendo idioteces en Marruecos.&lt;br /&gt;Ya son un clásico. Ahora enseña modelos de sultana, pero en realidad son los que cualquier ricachona yanqui compra en las tiendas de lujo del Milton o el Sheraton en todos los países donde estas cadenas han confundido la cultura islámica con los morros de Yvanna Trump. Claro que el morro de la Ordóñez es de otro estilo. La semana pasada se la vio en los desiertos camelándose a ese chulapo nuevo que la pone en ridículo malográndole exclusivas y luego tiene que salir ella a dar la cara, que nadie se la rompe porque al fin y al cabo es una señora o, dados sus años, una honorable matrona. Bueno, pues se fueron de un espacio televisivo peleadísimo, y a los pocos días salió el primero de los reportajes reconciliación, que al parecer sucedía en Marruecos aunque también podía ser el Pueblo Español de Barcelona o la casbah de Aladino en Disneyworld. Y Carmen soltaba su acostumbrada retahíla sobre las dificultades del amor en los tiempos modernos. A esa matrona le convendría atender el consejo de Baudelaire: “Sé bella y cállate”.&lt;br /&gt;Pero la señá Carmen no se calla ni a tiros, y a mí me maravilla que, encima, cobre dinerales y el público la siga. Esta semana nos explica, por si no lo sabíamos, que le gustan los hombres más jóvenes que ella. Por lo cual pienso que habrá puesto sus ojos en José Luis López Váquez.&lt;br /&gt;Bromas aparte, las historietas de esta matrona se han convertido en una de las grandes condenas de la prensa semanal. Por otra parte, si le gustan más jóvenes, ¿por qué no busca en su propia casa? Tiene hijos muy bellos que le permitirían ejercer el único papel que no ha ejercido en los medios: el de Yocasta (alguien tendrá que contarle que procede de una obra literaria, me temo). Por otra parte, esos hijos son su única contribución a la historia desde que dejó de exhibirse como militante de Fuerza Nueva, con el brazo en alto y el Cara al sol en sus labios brujos.&lt;br /&gt;Entre el cúmulo de personajes vacíos que nos rodea, ella ostenta un récord digno de Guinness: es la que más ha hablado para decir menos cosas. De acuerdo: es una matrona muy bella, guapísima para ser exactos, ese tipo de mujer que gusta tanto a los camioneros como a las camioneras; y tiene un pelo que, de tanto tocárselo, diríase que se masturba con él, pero su verdadero vitalicio está en Marruecos; de hecho, le ha sacado más a Marruecos esa serrana que el propio Juan Goytisolo, con la diferencia que va entre un gran escritor y una petarda del couché. A no ser que nos esconda una verdad definitiva: ¡ella, en la otra vida, fue favorita de algún sultán y ahora se lanza por los desiertos en busca de privilegios perdidos! Con un poco de suerte lo encuentra en alguna casbah del Atlas y se queda allí, divinamente instalada, lejos de un teléfono que le permita conectar con los medios. Pero todavía la veo capaz de mandar una paloma mensajera contando que el sultán tiene un hijo menor que se dedica a mondarle el dátil. Y es que ella es capaz de encontrar efebos datileros en la tumba más recóndita del Valle de las Reinas. Yo, particularmente, le recomiendo al delicioso principito ramesida Para-Her-Unemef. Claro que ya es una momia, pero como romance sería el más vendible que podría ofrecer laya ajamonada odalisca Ordóñez. De oficio, su vacuidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LORETTA DE MONTIJO&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 16 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hollywood lo quiso así: Fernando de Lesseps era tan apuesto como el divino Tyronne Power, y Eugenia de Montijo lucía diademas y miriñaque como sólo sabía hacerlo Loretta Young (acaso, mucho después, Deborah Kerr en El rey y yo). De tan majestuosa conjunción de bellezas surgió, en la Fox, el canal de Suez. Y mi infancia se vio regocijada al descubrir a gente superior haciendo cosas tan románticas como renunciar a su amor en aras del progreso (cuidado, no me aventuren una edad selecta: Suez se estrenó en España con mucho retraso debido a la guerra civil de los cojones).&lt;br /&gt;Loretta Young ha muerto pocos años después de cometer una postrera extravagancia: ya octogenaria, casó con el modista Jean Louis, responsable de los gowns de Lana Turner en Imitación a la vida. Y es que en el mundo del romanticismo bastardo todo encaja. ¿Bastador, dije? Sin duda lo fue: Pero, ¡cáspita, cómo daban el pego esos rostros del cinematógrafo! Las últimas imágenes de Suez –primerísimos planos de Tyronne, las sienes enriquecidas con cuatro canas y en el rostro ni una arruga- demuestran qué gran modelo se perdieron los prerrafaelitas. En cuanto a Loretta, era emblema de distinción y refinamiento. Cuando se agotó su carrera cinematográfica, fue más lista que todas las majors de Hollywood y, comprendiendo las ventajas de un nuevo medio llamado televisión, se montó un show a su nombre que duró la intemerata en las micropantallas blanco y negro del mundo entero. Ella, que sabía lo que esperaba el público femenino, prologaba cada capítulo exhibiendo un modelo distinto. &lt;br /&gt;El gran Hurrell tomó fotos memorables de la pareja Loretta-Tyrone, que habían interpretado un par de comedias sofisticadas, pero yo siempre preferí las de Suez, por los miriñaques. Y es que a Loretta lea veía más de histórica. La adoré cuando, teñida de rubio Gran Hermano hizo de Berenguela de Navarra en aquel soberbio disparate de Cecil B. De Mille llamado Las Cruzadas. Ella tenía que vérselas con el guaperas Ricardo Corazón de León, casándose por poderes -¡con su espada!-, pero lo que no dijo don Cecilio era que el rey ese fue una locaza de estrépito, de donde el chasco de la dama. Pero un dulce y culto Saladito se prendaba de Loretta en Navarra y ella, abnegada peroférrea, le convenció de que debía rendir San Juan de Acre. ¿O sería Jerusalén? Rendiría, seguramente, un soleado arrabal de Hollywood, donde el opio de las masas había alcanzado a la pobre musa Clio, que andaría histérica con tantos cambios. Mucho más cuando Loretta de Navarra ponía acento middle westen el Medioevo y le decía a Ricardo: “You’ve gotta save Christiandom, Dick, you’ve gotta!”. El doblaje nos escamoteaba estas delicias al pasarlas al castellano ortodoxo. Para decir según que cosas hay que ser yanqui. Y había que ser Loretta. O la impedecerera Virginia Mayo, la más californiana de todas las medievales del cine. En El talismán, trataba a Ricardo Corazón de León en parecidos términos: ¡Oh, you, Dick Plantagentet!”. ¿será que en la Edad Media ya se conocía la palabra dick como eufemismo de pene? Entonces esas damas eran unas descocadas. Debajo del miriñaque guardaba, acaso, anhelos de guarrindonga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EL DVD SOY YO&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 17 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A todos los que me preguntan sobre la conveniencia del DVD les aconsejo que se apunten como locos, eso sí, con la zona 1 incorporada. Ya saben, es la de los Usa, esa tierra de providencia para los cinéfilos que prefieren un clásico Hepburn-Tracy, un Fellini o un Orson a la última idiotez proyectada anteayer en los minicines feudo de adolescentes gritones.&lt;br /&gt;Si será potente el imperio yanqui que ya alimenta al aficionado con películas que en sus propios países no han sido editadas. Después de buscar por todo Oriente y Occidente la trilogía de Youssef Chahine sobre Alejandría, me anuncia Amazona que acaba de aparecer en el mercado americano. Igual ocurre con muchos títulos que no encontramos, por ejemplo, en Italia Y Francia. Cierto que editan con gran bombo los Matrix y los Notting Hills de turno, cosa de agradecer, pero yo espero encontrar a los Renoirs, viscontis o Pasolinis, que brillan por su ausencia. Pues bien, aquí aparece el Tïo Sam proveyendo de todos ellos, como si fuesen industria propia. Hay selecciones de un rigor admirable: la colección Criterion –que ya existía en Laser Disc- es fantástica para obtener clásicos del cine sonoro; el catálogo de la empresa Kino –que ya estaba en VHS- es esencial para recuperar piezas inencontrables de los comienzos del cine. Atiendan los golosos: salió el serial mudo de Lang Las arañas, el de Feuilleade Les Vampyres  y una copia prodigiosa de Pandora, con un technicolor que parece restaurado aposta para el esplendor de Ava Gardner. Además, uno se encuentra con que la técnica le lleva a casa los adorables sueños de su infancia. Sin ir más lejos, ya circulan en DVD los preciados seriales de Flash Gordon, con entrevistas al legendario Búster Crabbe en su senectud. &lt;br /&gt;¡Maravillas del siglo y, claro está, de Búster! ¿Qué diría el culto dios Thot si levantase la cabeza? (mejor, el pico, pues era ave). Envidiaría, sin duda, la posibilidad de disfrutar los clásicos desde la cama y, además, ahorrándose el espanto de los tragones de palomitas, esos modernos lotófagos sin una Calipso que los ampare. También diría Thot que el cine en televisión pierde, y esto es más cierto que la virginidad de María cuando era virgen. Pero el cinéfilo empecinado se las sabe todas, y en lugar de comprarse un automóvil como el vulgo invierte en proyector y pantalla y tiene el cielo en el salón. Que algo así me ocurrió, pero recurriendo a la generosidad de un arcángel con bigote que me instaló una pantalla más grande que muchos minicines de esos donde Titanic parece un sello de correos. Claro que parea tener el cielo en casa me he visto obligado a llevarme por delante algunos muebles de estilo. Pero seamos sinceros: las nuevas técnicas del bien vivir decretan el minimalismo para que el progreso nos resucite con los placeres que el Chipendale ya no puede darnos. El león de la Metro en casa y al estilo para los museos. &lt;br /&gt;Hay un extra de Ben.Hur que cada vez que enciendo el proyector me da con el yelmo, tan cerca que lo tengo. En cuanto a los pezones de Tarzán, me sirven de monóculo. Y si me pongo pedante –que no suelo- me arroja Bergman los siete sellos, uno a uno. Con lo cual se comprenderá que este verano no he visto la luz del sol. ¿Para qué, si por fin brillan en mi salón los infinitos soles del cine? Esa creación que se le olvidó a Dios y tuvo que realizar su majestad el Hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EUGENIA DE EGIPTO&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País 18 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De las reinotas cantadas en coplas de abril y mayo, siempre preferí a Eugenia, esa que hizo llorar a los guapos de Granada porque dejaba las aguas del Darro por las del Sena. Antes de convertirse en Loretta de Montijo, como recordé anteayer, la Eugenia armó muchas tremolinas, pero ello no evitó que, de tanto añorar Granada, se sintiese presa en los Versalles. ¿Cómo se sentiría en los Egiptos? Marimandona. Puso en un serio apuro al egiptólogo Auguste Mariette cuando le sugirió que le regalase el ajuar funerario de la reina Hetepheres, madre que fue del faraón Keops. Mariette, grandioso personaje, arriesgó su puesto como director del Departamento de Antigüedades por decirle a ala emperatriz que encargase sus gargantillas en el Gaubourg Saint Honoré, que las joyas de la realiza menfita no salían de su museo egipcio, sito entonces en el barrio del Bulaq. A pesar de este desplante, Eugénie se empolvó el escote y se dedicó a deslumbrar a la buena sociedad cairota, ávida de europeísmo. Diré que el gobernante Ismael Pachá la encontró apetitosa.&lt;br /&gt;Estuvo ella en El Cairo para la inauguración del canal de Suez, eso es sabido, y muchos todavía escriben que para el estreno de Aida con motivo de la inauguración de la Opera Jedival de El Cairo. Es una información falsa. Verdi no terminó a tiempo su obra para la inauguración del teatro y la apertura del Canal, de manera que recurrieron a Il Trivatore. Complacería a la emperatriz el personaje de Azucena, esa zíngara liante que acaso se pareciera a la gitana que en otros tiempos, siendo ella pollita, le vio una corona en la palma de la mano y exclamó, admirada: “Tú serás reina”. Esa sibila, además de gitana, vendía violetas y como era una Carmen Sevilla bella de morir provocó que Luis Mariano entonase aquellas divinas estrofas que tiñeron de rosa nuestra infancia: “Era un día de primavera, cuando me dijo la violetera…”&lt;br /&gt;Mariano era el primo de Eugenia de Montijo, y al ser tan pizpireta y mariposón, es difícil que hubiese entre ellos los amores callados que se le atribuían con el otro pariente. Fernando de Lesseps. De todos modos, fue una dama muy requerida. Y hasta dicen que al construir la carretera de las pirámides, Ismael Pacha ideó una pequeña curva que obligase al cochero a hacer una maniobra brusca para que ella le cayese elegantemente en los brazos. Se non e vero…Sí lo fue, sin embargo, esa carretera construida para que los miembros de las realezas europeas invitados a la inauguración del Canal descubriesen las pirámides desde lo lejos. Todavía las conocí de este modo y lloré de emoción. En la actualidad, las pobres pirámides agonizan tras un cordón de edificios infames: hoteles, night clubs, chiringuitos y tiendas de chucherías turisticoides. Un espanto.&lt;br /&gt;La corona que Carmen Sevilla vio en la mano de Eugenia navega entre los fantasmas del Hotel Marrito, que en estado original, fue un palacio de Ismael Pachá y residencia de la emperatriz durante su viaje. Se anuncia con gran pompa el llamado Eugenie’s Loungue, pero el visitante siente desazón porque cada vez que intenta visitarlo está ocupado por bodas, convenciones, festivales y otros saraos de la nueva burguesía egipcia. Sigue sonando la voz de Luis Mariano. ¡Caray! Todo es muerte sobre la muerte. Canciones perdidas de mi infancia recuperadas frente a monumentos degradados por el turismo. Me voy al American Bar para drymartinearmey da la casualidad de que está instalado en lo que fueron las estancias de las damas de honor de Eugenie. En estas se me acerca un joven sarraceno ataviado a lo Di Caprio y me susurra: “Te la chupo por cien dólares”. Parbleau! A este precio tendría que descubrirme una corona en la punta del capullo. Y asegurarme, además, que yo también seré reina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LAS MARQUESONAS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 19 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La aristocracia de nuevo cuño es primordialmente cursi. Lo es, desde luego, la marques de Iria Flavio (née Castaño y va que chuta), pese a que, de niña, imitaba a Marlene Dietrich, la muy osada. Cursi es también a veces el chico Lugo, don Jaime, que a veces se olvida del spirit of place para imponer la elegancia extrema donde menores requerida. Cierto que un infante consorte vive en la obligaciónd e tener el canesú siempre a punto, pero a veces con mucho menos se es más. Recuerdo que una tórrida mañana de hace un verano o dos apareció por la teúve un curso de esos escurialenses o montañeses donde se presentó Lugo tan trajeado y encorbatado que diríase a punto para Ascot. ¡No vistieron mejor a Eliza Doolittle, una vez refinada! Alrededor del prócer, los alumnos normales lucían sus conspicuos polos Ralph Lauren o Lacoste, cual conviene para no hacer el ridículo en la canícula. &lt;br /&gt;Contemplar a la fauna del señorío tecnócrata me da grima. Yo, para Marquesona, adoro la que interpretó Pastora Imperio, felizmente recuperada en vídeo. Ahí está toda la gloria de la nobleza popular, del empaque natural. Cantó a al diva Rafael de León, que algo sabría de la realeza de la calle. Resulta que Pastora va a llamar a las puertas de la gloria y se las abre de par en par el mismísimo San Pedro, el de las llaves, y cuando éste le pregunta quién es y qué sabe hacer, ella le suelta una retahíla de habilidades con brazos, pinceles y mantón que no serían bien recibidas en los palacios pero fueron gloria de los tablaos, donde el verdadero estilo ni se compra ni se vende.&lt;br /&gt;Volvamos a los de ahora, con la impar Castaño siempre en cabeza del entierro. Los de ahora, ellos ye llas, se ponen de vendedores ene. Rastrillo porque, si se pusieran de objeto, no los compraba ni Silvia Martín, que es santa de altar. Como aristócratas no son peores que las que sacaba el padre Coloma en Pequeñeces, pero carecen del genio de Curra Albornoz, gran personaje literario, y, en cambio, están más cerca de las señoritas de los Quintero en Las de Caín: puro quiero y no puedo isabelino. Lo cual no es desdoro; si acaso, desdodorante, que bien lo deben necesitar, pues por neoaristócratas que sean, los sobacos les debe sudar como a cualquier Trini de Cascorro. Hablaríamos aquí con gusto del empaque de los nombres populares, pero las masas también se han vuelto cursis y, así, las popolane han optado por llamarse Visi en lugar en Visitación, Presen y no Presentación o Cini en lugar de Patrocinio. Por ese camino de irrisión andan las del neoringo-rango, y por ese camino me río de ellas. Si, además, son del Opus, pueden llamarse tranquilamente María Agonías del Santo Sudario. Y tan anchas.&lt;br /&gt;Pero ante esas Turris Ebúrneas me quito el sombrero, pues son damas que se contemplan en espejos de alta enjundia, tipo Genoveva de Brabante y, por supuesto, Santa Isabel de Portugal haciendo brotar, de sus nobles regazos, rosas pitiminí en los rigores del invierno, O en plena Moncloa si los tiempos lo reclaman.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;REINONAS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 20 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De mis artículos sobre Eugenia han deducido algunos lectores que yo, de niño, quería ser niña. ¡Cielos, no! Primero porque para lucir con garbo aquellos escotes nuevo imperio tendría que someterme a depilación diario, y segundo porque el oficio de majestad debe de ser muy complicado. O se hace con gran talento y exquisito tacto, como doña Sofía de Aquí, o acabas mendigando reinos como Farah Diba de Allá (esta dama es emperatriz, pero no le veo yo la diferencia a la hora de obligarnos a la reverencia). Farah, suma sacerdotisa del oráculo Hola, anda lamentándose de lo cruel que ha sido su vida, pero como sea que hace unos meses incurrió en descuido y mostró en la misma revista las mansiones donde viven ella y parentela, deduzco que un exilio así ya lo quisiera yo para mis vejeces. (Por cierto: ¿de qué deben vivir Farah y su antecesora Soraya, la repudiada más famosa de mi infancia, y momia marbellí de mis mocedades?). Muchas lágrimas han bañado los tronos del mundo para satisfacción de los republicanos, que pensarán: “¡Pues a fastidiaros, bonitas!”. En tiempos, lloré con el sinvivir de Sissi, cuya vida acabó en un Getsemaní, pese al envoltorio rosáceo de sus películas. Fueron malvadísimas dos escritoras nativas –Ana María Moix y Ángeles Caso-, quienes en sendos y estupendos volúmenes me demostraron que, en el caso de Sissi, no todo el monte de Venus era orégano. Decepción total. De todos modos, en mis recuerdos de cinéfilo cursilón, lo mejor de Sissi era la simpatía –simpatía alemana, pero simpatía a fin de cuentas-; también que era muy buena madre (¡anda que cuando la cerda de la suegra le quitaba a la niña!). A mis trece abriles esas cosas me daban simbiosis, que dicen los cutres de ahora, pero lo que más me admiraba era el galán que interpretaba a Francisco José, un rubiales hijo del gran director de orquesta Kart Höhm. En esto me parecía a la chica de la mercería y la dependienta de la carnicería. Y es que antes de llegar a Dessié Sartre, pasé por todo.&lt;br /&gt;¡Qué elegantona estaba Ava Gardner cuando hizo de Sissi madura! Olvídenlo. Hoy en día una corona ya no es garantía de elegancia. Para ser reina y pasearse con esos orinales que se pone en la cabeza la isleña Elizabeth II mejor la plebeyez llevada con dignidad. O con el arte. Recuerdo que, en el Liceo, Caballé hacía de Manon Lescaut, señorita de oscuro pasado; en plena agonía en el desierto americano, una burguesa catalana exclamó: “A mí, aquesta dona m’agrada més quan fa de reina”. O séase: “A mí, esa mujer me gusta más cuando hace de reina”: Y aunque es cierto que Montse es de las pocas que ha cantado las tres reinas de Donizetti –Isabel I, María Estuardo y Ana Bolena-, no lo es menos que la burguesía catalana cuenta con una abrumadora mayoría de señoras gilipollas desde la época en que Mariona Rebull tuvo un derrame de perlas.&lt;br /&gt;Para no ser gilipollas dejo al cuidado de las revistas los sueños de abolengo. Por eso, de niño no soñé ni por asomo con ser reina, ni siquiera aristócrata. Yo de niño quería ser el conejito Tambor, amiguito íntimo de Bambi, o el pinturero Kim de India; y, de adolescente, Mary Poppins. No porque tuviese vocación de enseñante, sino para aprender a decir correctamente Supercalifragilisticoespialidoso. ¡Vaya dardo palabrero! ¡Como para que nos lo explique mi incuestionable maestro don Fernando Lázaro Carreter!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;CULOS INOCENTES&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 21 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo siempre digo que donde esté un campeón de lucha libre que se quiten los Tadzios y los Antinoos, pero, al parecer, éstos gozan de gran predicamento; mejor dicho, gozaban hasta que empezó el auge de la pederastia. Nunca me he encontrado con páginas de este tipo en la red, y mira que navego yo más que los hijos del capitán Grant; o sea, que puedo pecar de ignorancia en el tema. Por ejemplo, siempre creí que los adeptos se detenían en las fotos de primera comunión, pero parece ser que no: parece que molan los recién nacidos. En algunos casos se recomienda empezar por la madre antes de que dé a luz, con el fin de pescar a la criatura más fresquita.&lt;br /&gt;Estando así el fuego, viene la televisión a encender teas. Porque dígame: si fuese usted pedófilo y se le apareciesen esos anuncios de bebés con el culo al aire: ¿cómo reaccionaría? Ya sabem: con la excusa de los pañales que sacan pipís y a lo mejor diarreas (¡glup!), ofrecen las teúves más horas de culos púber que toda Internet junta. Suelen suavizar el mensaje haciendo que los bebés digan “mi culito”, pero, dejémonos de hostias: panderos son para quien sepa apreciarlos. Y luego está aquel hermoso varón completamente desnudo que mantiene contra su fornido pecho a un bebé también empelotado y le susurra no sé qué filosofía publicitaria (¡cuidado!, la publicidad actual hace filosofía, poesía y hasta época. Puro recurso de tecnócratas cursis).&lt;br /&gt;Si esto no es promocionar el incesto desde sus principios, que baje Baby Edipo y lo vea. Claro, que esto no es nuevo. Recuerdo la  marcha que le daba a Tarzán su hijito adoptivo, Boy, mientras la cursi de Jane preparaba el puddingen aquella cabaña que parecía un pensile sacado de Maisons et Loisirs. ¡Cómo se restregaban, niñato y padrecito lindo, con la excusa del número submarino o el saltar de liana en liana! Alimentó sospechas negras Lupe Vélez, esposa de Weissmuller en la vida real y una fierecilla de órdago. Una spitfire muy total.&lt;br /&gt;Odio los anuncios de culitos de niños, por lo asquerosos. Y es que puede llegar a serlo mucho la publicidad televisiva, aunque se vistan de color pureza absoluta, como en los anuncios de damiselas menstruadotas. Las compresas son tan blancas que parece como si las usuarias se pusieran nieve en la entrepierna. Tanta sofisticación no evita que a veces salga una señorita muy fina sentada en el inodoro y haciendo lo que en lenguaje llano se llama cagar. ¡Vamos, así, sin eufemismos! Y no digo lo de aquella señora que pierde orina. También es finústica y se cubre con un chal de precio, pero está todo el rato hablándonos de meados. Para mí que no es de cristianos.&lt;br /&gt;Claro, que esa indiscreta sólo puede seducir a los adictos a los deportes acuáticos  o watersports –consulten la red: es lo que antes se llamaba lluvia dorada-; pero el problema es su incorporación a nuestra vida cotidiana. A la hora del condumio no sé si estoy tragando un sopicaldo u orines de aquella madama o menstruación de ejecutiva dinámica o caquitas de bebé. Caquitas que, insisto, son pretexto para mostrar culitos y ocasión para que los grabe cualquier pedófilo. ¡NO lo quiera santa Berbiginda de Viladecans! &lt;br /&gt;Por una vez hablaré con voz de obispo carpetovetónico. En bien de la moral pública, acabemos de una vez con los culitos de niño. A partir de hoy, anuncios de pañales con culos de treinta años para arriba. Sin ir más lejos, el de George Clooney.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;FALO VIRTUAL&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 22 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Válgame la Trinidad! Se me aparece en el ordenador el bato Leonardo di Caprio exhibiendo un prodigio entrepiernero que es a la vez cirio pascual y cuerno de la abundancia. ¿De dónde ha sacado eso la criatura? NO es foto antigua, de sus inicios, cuando más de uno y más de una tienen que enseñar sus virtudes para prosperar. Es de ahora mismo, cuando un doncel de la fama de Leonardo no necesita recurrir a esos trucos, como no sea para hacernos un desplante a los mediocres humanos o porque le cubran de diamantes de la cabeza a los pies. Que no es el caso, al parecer, pues Leonardísimo protestó por verse expuesto de tal guisa a la curiosidad de los gentiles. Sobre todo no siendo él.&lt;br /&gt;NO es el único que protestó por la suplantación. Creo recordar que lo hizo Antonio Banderas cuando corrió la especie de que en algunos lugares de Internet se le mostraba con todas las vergüenzas expuestas a la brisa del oasis. Buscando semejante devocionario, me encontré con un galán dotado cual esclavo de la extinta Nubia. Reprimí un pasmo, pero alimenté una sospecha. ¿Se habría inyectado Antoñito en el falo lo que Melanie en los morritos? Mucha silicona habría allí, colgando, ene l caso de que fuese el péndulo de nuestro querido amigo. Que no lo era. Que se sepa de una vez: el semental cuya apariencia se atribuye a Banderas es un modelo de la acreditada casa Colt, la que le ofrece a usted más supermachos por su dinero. Se llama el pollo Dean Spendcer, que no Diana Spencer, difunta Lady DI, dotada acaso de innumerables gracias, pero nunca de ésas. La foto de la discordia apareció en una de las revistas de la referida marca hará ya como diez años. O sea, que su inclusión como desnudo de Banderas es una estafa para el actor, que no habrá cobrado ni un duro. No digo para el usuario, que se deja la Visa traspasando portales. Y es que en las secciones de celebridades desnudas (nude celebrities, para los interesados) te cobran con mal estilo. Uno ya ha pagado a Mancheck o Gold Adult Check, que son los padrinos de lo mejor, y cuando uno está dentro de la página le comunica un anuncio: “Si ahora quiere ver más tiene que hacerse socio nuestro”. Y, al final, para descubrir que el megafalo de Leonrdísimo es de otro señor. Es lo que le dijo Matilde de la Mole a Julián Sorel, según Stendhal: “En estos salones todo son reputaciones usurpadas”.&lt;br /&gt;¿Usurpación dije? Lo mantengo, porque cualquier aficionado a los milagros del Adobe Photosop sabe de sobras cómo se producen esas falsas hipérboles que exhbien las estrellas en la red. Herramientas tiene aquel sistema para clonar píxeles hasta convertir un pollito en un pollón. Incluso puede usted coger rostros tan siniestros como los de Arzalluz o Pujol y pegárselo al cuerpo de Jeff Stryker –uno de los mejores obeliscos del entero templo de Amon-: todo ello utilizando las técnicas que el cyberdeseo pone a su alcance. Con lo cual conviene desconfiar de las secciones de desnudos famosos y recurrir a los orígenes, es decir, al tipo de fotos underground -¡y tanto1- que se hizo Víctor Mature en los años cuarenta. Salió un bien-de-Dios de medidas naturales que sirvieron para saber lo que ya había sabido con anterioridad toda una Rita Hayworth: que Sansón derribó el templo de los filisteos a golpes de pene. ¡Inmensa sabiduría de la naturaleza! Y sin el tampón de clonar, que es el mérito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;DIVINA GRECIA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 23 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando en alguno de mis viajes anuales a Grecia me ha sorprendido algún turista español, me ha espetado invariablemente: “¿Qué hace usted aquí, que no está en Egipto?”: Semejante encasillamiento me lleva a pensar que mi fervor por la cultura egipcia ha borrado otros factores de mi formación que fueron determinantes. Entre ellos la cultura griega, a la que he dedicado algunas páginas; y, sobre todo sus hoy maltrechos solares, a los que he dedicado muchas páginas más. ¿Borró su trasto el agua del Nilo en la memoria de mis lectores? Mal hecho. NO sería yo el que soy sin la frecuentación previa de los clásicos griegos, y hasta las pirámides me sabrían de otro modo. Soy un viajero macedónico que naufragó en la isla de Pharos antes de que Alejandro fundase su magna capital. Gracias a Grecia, llegué a Egipto con un bagaje del que no dispone el turismo de masas. Llegué provisto con una máxima que aplicaba a Grecia un autor que no está de moda citar, Henry Millar, quien en El coloso de Marusiconcluía: “He venido a recuperar la majestad del hombre sobre la tierra”.&lt;br /&gt;Ensayé mis pasiones más locas en las islas del Egeo, donde los dioses solían habitar. Prefiero entre todas las gran Creta porque allí pernoctó de niño el todopoderoso Zeus. Dicen que fue amamantado por la cabra Amaltea en una gruta del monte Ida. Pero a mis delirios juveniles –soñados en el cine de los sábados- les cuadraba mejor la insensata pasión de Fedra y aun la de su madre, Pasifae, que de tanto camelarse al toro dio a luz al monstruoso minotauro. Uno de esos tres personajes he sido siempre yo -¿cuál de los tres?- pero en Grecia fui un veinteañero que se comía la vida con una avidez que tendría mucho que ver con la permanencia del mito en cada rincón del pasado.&lt;br /&gt;¡Ah, sí! En mis salad days isloteé a placer, me creí hermano de los delfines, sobrino preferido de Apolo, minotauro encerrado en el laberinto de una juventud que juzgué eterna. Ejercía entonces de hippy, guitarra al hombro, camisa hindú, más porros que comida y plenamente consciente –pues ya era bestia literaria- de que estaba escribiendo mi biografía paso a paso. No es casual que, años después, pusiera en labios de la protagonista de Mujercísimas un lamento por aquellos años en aquel lugar y aquella juventud. Cáspita, muchachos: qué bellos éramos entonces! Casi tanto como Rosa Regás.&lt;br /&gt;No se me secó la fuente helena al enamorarme de los arenales de Egipto, antes bien mantuve como lectura permanente algunas de las que me entretenían en aquella época. Los aprendices de hippy viajábamos con las memorias de Anaïs Nin y los Trópicos de Millar. Ediciones de bolsillo, claro; volúmenesmanoseados, sucios, manchados porque nos los había prestado algún compañero a las puertas del American Express, en la romana Piazza di Spagna. También llevábamos a Lawrence Durrell.&lt;br /&gt;Eran bolsilibros ideales para devorar a la sombra de un olivo mientras esperábamos ese autobús hacia Haghia Gallina que no llegaba. Esta es la Grecia que amé y a la que todavía rindo devoción a pesar de las atrocidades del turismo de masas. No sé si Durrell ha pasado de moda, como ignoro si alguien lee todavía a Pausanias para conocer a fondo los monumentos de la antigüedad. Ni siquiera sé si es más fashion  ir a Cancún en lugar de Grecia. Desde luego, no será en Cancún donde yo buscaré mis placeres por temor a no encontrar el placer que suelo asociar con la grandeza. ¿No me cree el amable lector? Que pruebe a prescindir de la salsa y busque, en los arrabales de la sagrada Delfos, el último pliegue del chitón de Apolo. Atrapado por tan sutiles redes recordará que tenían razón Millar, Durrell, Bower y tantos otros drogados del espíritu, en su adicción mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;BORIS O’CLOCK&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 24 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EN cierta, lejana ocasión, me preguntó Carmen Balcells: “Oye, ¿y a ti quién te ha inventado?”. “Pues sólo yo mismo, madama”, contesté, una pizca altanero. Porque es cierto que en este invento no intervino ni mi madre ni mi padre ni perrito que les ladre. Que una cosa es engendrar y parir y otra llegar al invento si no intervienen los dioses de Egipto y la ópera de Verdi; Henry James y El último cuplé; Aristóteles y doña Juana Reina; Dante Aliguieri y la Metro Goldwyn Mayer.&lt;br /&gt;Boris Izaguirre, a quien quiero, llega desde un conglomerado parecido, con la lógica diferencia de la edad, pues él nació la noche que Cole Porter estrenaba Nymph Errrant y un servidor mucho antes, concretamente la tarde en que los alejandrinos celebraban el sexto cumpleaños del infortunado niño Cesarión (“sangre de César y de Cleopatra, nada menos”, exclamó Cavagis, admirado).Y por lo del saltar de un lado a otro, de un aperitivo a un postricino, de Daoiz a Velarde, no hay edad que nos abarque ni tiempo que defina nuestros gustos. En cuanto a los años, “no hay taco de almanaque que lo pueda demostrar”, cual reza la copla de Pastora.&lt;br /&gt;A Boris siempre le echaremos más edad de la que tiene, porque ayudó a Sydney Guilaroff en la ímproba labor de hacerle los tirabuzones a Creer Garson para La dinastía de los Forsyte, fue aprendiz de Travis Banton cuando le cosía los trajes a Marlene para Devil is a woman –así salió aquella peineta diabólica: fue un momentazo Boris-  y porque fue él, y sólo él, quien aconsejó a Claudette Colbert que no mostrase jamás la mejilla izquierda (por eso decían que la mejilla de Claudette era la otra cara de la luna, porque nadie la vio). Curiosamente, o acaso por un factor de magnífico mestizaje cultural, tal despliegue de sofisticaciones no impide a Boris malgastarse en los fastos del cutrerío -¡esa incomprensible tolerancia para con el sub-fenómeno Ana Obregón!- ni celebrar el lado ligeramente absurdo de nombres excelsos, casi imposibles, como por ejemplo Gianna Maria CAnale y Eleanora Rossi Drago. Aunque eran mejor las del cine mudo italiano: Italia Almirante Manzini, Giaana Terribili González o Rina di Liguoro. Lamentablemente hoy en día nadie tiene cojones para llamarse así. Ni siquiera para ponerse Manon de Vargnes, que era como se llamaba Hedy Lamarr en Lady of the Tropics (no la busquéis: super-inédita en España e inencontrable en el resto del mundo). La magia de algunos nombres ha pervivido como por milagro en el territorio gay –recuerdo a un cubano llamado Chelo de las Deomiselles de Rochefort-, pero uno suspira por los nombres que jalonaron la vida de Cole Porter, nombres como condesa Edith de Zoppola, princesa Jane de San Faustino, el duque de Verdura (sic)… Y no olvidemos a Marion Parsonette, autora de la novelita en la que se inspiró la inmortal Laura. Todavía hubo en el Centro Cultural Francés de Alejandría un director nombre lleno de la magia de ayer: Olivier Pievre d’Arvor. Ahí es nada.&lt;br /&gt;Tiene que ser duro para Boris verse obligado a lidiar con alguien que se llama Carmela Ordóñez. ¡Ay, si por lo menos se llamase Merle d’Ordoñoise, cambiaría mi apreciación del petardeo indígena!&lt;br /&gt;Todas esas meditaciones me atrapan cuando le estoy poniendo un cirio a San Sebastián -¡síiii, a él, a él!- para que desparrame sus bendiciones sobre Boris en el programa propio que está preparando. Y mientras me abro paso entre un grupo de mariquitas coreanas que se dedican a magrear los redondeados muslos del santo mártir, se me ocurre que si Boris ha de cambiarse el nombre sólo puede llamarse Fanta Izaguirre. Porque así podremos decir con toda lógica que, con él, “da gusto tener sed”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;HOMERO EN MI ORDENADOR&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, 25 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ejerzo mi candor impenitente coleccionando CD-ROM que, acogiéndose a la realidad virtual, ofrecen reconstrucciones ideales de la antigüedad. Debe de ser una manía que conservo de mi lejana época de coleccionista de cromos. Me guardo, sin embargo, de caer en la trampa de una fe ciega. Que a partir de cuatro pedazos de mampostería puedan reconstruirse idealmente los templos de Saturno y la Concordia es un tributo a la imaginación desmadrada, antes que a la necesidad  de recuperar un pedazo de historia. Y eso que la información de la Roma augusta no es tan escasa como para favorecer disparates arqueológicos.&lt;br /&gt;Otra cosa sería reconstruir Ítaca desde las especulaciones de Homero, quien, según he leído, no estaba demasiado fuerte en geografía en aquella isla (de todos modos, cuando estuve en ella, me sonó tanto a Homero que tuve que meditar seriamente sobre los límites del realismo). Claro que si a partir de la Gruta de las Ninfas nos disponemos a reconstruir los palacios de la Edad Heroica podemos ir directamente al disparate. Algo así ocurre con muchos de los santuarios que aparecen en el fabuloso libro The complete temples of ancient Egypt. Me hacen pensar: “¡Por Thot, nunca imaginé que hubiese tantos!”. Y al fin compruebo que, de la mayoría, sólo quedan tres pedruscos. &lt;br /&gt;EN la primera parte de este siglo, ciertas reconstrucciones arqueológicas se divirtieron aportando a la antigüedad la moda estética del momento occidental, y no lo contrario. Nunca dejaré de aplaudir los ímprobos esfuerzos de Evans para sacar a la luz la compleja estructura del palacio de Minos, pero también creo que se le fue la mano en la interpretación de las pinturas. Tanto el Príncipe de los Lirios como las damas de la corte recuerdan sospechosamente el art nouveau, de modo que a una de ellas la bautizaron la parisieenne, no sé si por su parecido a LIane de Pugy o a Ninon de Lencios.&lt;br /&gt;¿Elegimos el engaño del arqueólogo o imaginativo o el hermetismo, poco apto para neófitos, del arquólogo racionalista? Recuerdo que, hace pocos años, se publicó en la revista francesa Archeologíaque el Gobierno de Irak planeaba reconstruir la torre de Babel, mundialmente famosa gracias a la Biblia y a sus múltiples adaptaciones al kitsch del siglo (películas, fascículos, sermones, cromos, televisión).&lt;br /&gt;Aparte de perplejidad, la noticia me provoca cierta dosis de diversión. Normalmente, las reconstrucciones que parten de cero bordean lastimosamente el kitsch; es decir, no colaboran a completar un modelo establecido, sino que lo sustituyen . La idea de que si el coliseo Flavio no existiese sería necesario inventarlo siempre me pareció absurda, como absurdo es reconstruir todas las maravillas de la antigüedad, hoy desaparecidas. ¿Se imaginan lo que sería reedificar, en el puerto de Rodas, a su mítico Coloso recibiendo a las turistas alemanas con las piernas abiertas? (Cuando yo era adolescente –un adolescente delicioso, debo decirlo-, las huestes de Sergio Leone edificaron en Laredo, Cantabria, una réplica del coloso de marras para una película italo-española que, vista hoy, resulta un prodigio de sadomasoquismo).&lt;br /&gt;A lo que íbamos: rectificar la destrucción del Tiempo puede derivar ene. Kitsch que es el resultado inevitable de las formas modernas sustituyendo a las originales, cuyo significado nos escapa por completo. Sólo serviría para que, por contraste, creciese el prestigio de los auténticos edificios antiguos. Y ellos, desde su genuidad, se reirían de nuestro despropósito histórico.&lt;br /&gt;Aunque no descarto la posibilidad que apuntaba Óscar Tusquets en un maravilloso libro suyo: los museos de réplicas, o la reconstrucción de los grandes monumentos con fines meramente informativos. Pero es otra cosa. Es lo que ya ofrece la agradable realidad virtual. Más o menos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;ESTUPIDIARIO OBREGÓN&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 26 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese atentado contra la inteligencia que es el anecdotario estival, Ana Obregón aporta su granito de arena no sólo con sus palabras que ya bastarían, no sólo mostrando al niño que mordió al perro –o fue al revés, no lo recuerdo-, sino exhibiendo la más espantosa colección de modelos que puede encontrarse en los zoscos del pésimo gusto. Y, como sea que lo suyo son los biquinis, los cambia más de lo que la condesa Ghislaine de X cambiaba de pieles. Con una novedad: los biquinis Obregón son cada vez más escuetos, sobre todo la parte de abajo, tan definitivamente menguada que se ha convertido en un forra-coños. O, simplemente, en un coño forrado de biquini enano. Lo cual será, a no dudarlo, delicia para gerontófilos. Y ataviada de esta guisa, dice la opípara matrona: “Me ha resucitado el corazón”. ¡Fantástico! Es eufemismo para significar que tiene amores o algo parecido con un señor que, al parecer, hizo el juramento de Hipócrates, y puede acabar haciendo el juramento de Lagardère.&lt;br /&gt;De todos modos, yo siempre pienso que el terreno de la idiotez no puede ser tan inmenso como lo pintan: que en toda esa gentecilla de la fama debe quedar un rasgo de inteligencia, aunque sea mínimo. Permitidme un suponer: ¿y si Ana Obregón no fuese exactamente la gilipollas integral que se nos muestra? ¿Y si fuese una verdulera lista, que calibró desde el principio la gilipollez de los medios de comunicación? Como si dijera: “Ya que queréis oír idioteces, os las sirvo a manta; ya que queréis vulgaridad, pues a porrillo. Y ya que confundís el glamour con la mujer de Gil y Gil, pues yo más que ella”. &lt;br /&gt;Me llevó a esa reivindicación el recuerdo de mujeres que sobrepasaron los peligros de la horterez explotándola a conciencia, riéndose de ella y aun de sí mismas. Tomen a Diana Dors, rubia platino, imitación inglesa de Marilyn, que tuvo la humorada de pasearse en góndola por Venecia exhibiendo un minibiquini de armiño. Y más que en ella pienso en Mae West y Jayne Mansfield. De la primera se dijo que no podía cantar una canción de cuna sin hacerla sexy; Mae dio la vuelta a su especialidad y llevó el absurdo a la altura de un Groucho, que es altura de dioses. En cuanto a Jayne Mansfield, ha sido muy reivindicada su memoria y tiene varias páginas en la Red. También la hija que le hizo Mickey Hargitay, un míster músculos guapísimo cuyas fotos pueden verse en la página The Many Faces of Hercúles lo que íbamos: la inmensa Jayne jugó de tal manera al kitsch que se hizo una mansión toda de rosa. ¡Gran precursora! Hay en Orlando, Florida, un hotel del mismo tono. Se sabe que Jayne fue a Las Vegas a ver el número en que Mae West, ya sexagenaria, aparecía rodeada de musculosos en biquini (entre ellos el infinito Reg Park). Bueno, cuando el camarero preguntó a Jayme qué deseaba tomar, ella señaló a Mickey Hargitay y dijo: “¡Un bisted con patatas y ese señor!”. A partir de ese día, los fans empezamos a albergar una duda filosófica: ¿quién tenía más tetas, Jayne o Mickey? Dios les bendiga por el delirio, organizado o no, que supieron aportar a nuestra adolescencia, ansiosa de carne. En su caso, mucha y rica. &lt;br /&gt;¿Perdonaríamos a Ana Obregón su insoportable tontería si supiésemos que su cerebro actúa con las segundas intenciones de Mae West o Jayne Mansfield? Acaso. Por lo menos nos consideraríamos invitados a un jubiloso carnaval controlado por una mente superior a la gente que la entrevista o la retrata. Llegaríamos a la conclusión de que Ana Obregón es una de las mujeres más inteligentes de España. Vamos, una Concepción Arenal del higo chumbo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;AMADOS ESPECTROS&lt;/strong&gt; &lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 27 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Avanza, como cada verano, mi cabalgata de difuntos preferidos. Se desarrolla en ese edén que es la ciudad abandonada, cuando los demás paraísos han heredado los infiernos propios de la urbe y debemos dejar que, en ellos, vayan cumpliendo las masas su rebelión letal. Algún día nos tocará rebelarnos a las miorías; de momento el panorama es desolador: es el eterno veranod el aborregamiento. Pero no podemos titularlo El silencio de los borregos. Por el contrario: hablan, gritan, hacen música, mandan en las televisiones. Sölo en las calles de las ciudades desiertas nos es posible soñar que avanza el Golem repartiendo volúmenes de Borges para los noctívagos que todavía se acuerdan de leer.&lt;br /&gt;Era ésta la época en que se acordaba de Barcelona el amado difunto Néstor Almendros, que para mí representa Barcelona mantenida en la memoria del exilio interior. La única que, por otro lado, puedo yo tener. Una vez realizado el sueño de sacar a su madre de Cuba e instalarla en el Ensanche, Néstor consideró esa parte del mundo como su iglú original (los otros, en Nueva York y París). En este singular regreso a los inicios, se descubría iniciándose siempre en los cambios continuos de la ciudad que dejó allá por 1947. Era un exilio interior pintoresco y, por tanto, encantador, pues Néstor mantuvo siempre el catalán, sin saber que, de hecho, estaba conservando el barcelonés, lengua que con la incorporación del magrebí, el tagalo y otras acabará siendo más rica que el propio catalán. ¿Y Pujol, qué dirá? Que le den po’l saco.&lt;br /&gt;Subíamos a mi casa del Ampurdán, y después él regresaba a su película de turno con Dustin Hoffman o la Deneuve –dependía, claro, del país-; pero sólo era para regresar en otra de sus fechas preferidas: las fiestas de la Merced y el Festival de Cine. En esto guardó absoluta fidelidad a José Luis Guarner, de quien conviene acordarse siempre para seguir amando el cinematógrafo Lumiére. Nadie ha escrito de cine como José Luis, nadie tuvo tanta visión de futuro. Repasando viejos volúmenes de Fotogramas –la única revista de la que pueden decirme: “Ésta es tu vida”-, recobro un escrito donde aventura que la televisión será la cinemateca del futuro. Corresponde a al época (1968) en que empezábamos a ver el celuloide que, por censura o fecha de caducidad, no habíamos conocido. Y se ha dado un fenómeno patético: la programación cinematográfica de la televisión franquista fue mucho mejor que la de la bendita democracia. Los directores de las teúves -nunca hubo tantas con tanta basura- aseguran que la audiencia se niega a ver cine en blanco y negro. ¡Vaya rebaño!&lt;br /&gt;Néstor Almendros y José Luis Guarner explicaron el cine divinamente, porque era parte de su vida, y al irse nos dejaron ese amor, y el convencimiento de que con cada película de Lubitsch les recordaríamos a ellos. En cambio, a los directivos de las teúves actuales les recordamos cada vez que sale Silvestre Stallone o Bruce Willis repartiendo hostias. Algo muy potente se llevaron mis difuntos amados. Pero yo, si quisiera hacer feliz a un chico sensible –los que no lo son, que se jodan- le regalaría el libro de José Luis Guarner publicado en Anagrama y, después de hacer el amor, pondría La marquesa de O, fotografiada por Néstor.&lt;br /&gt;Reconoceréis que soy un buen partido. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;BICHAS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 28 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta mañanita de gloria, después de susurrar mis oraciones a San Judas Tadeo, me he puesto a ver Blancanieves y los siete enanitos, que siempre me inspira pajitas lindas a la salud del Príncipe Azul (los príncipes de Walt Disney se parece mucho a ese buen mozo de las pasarelas que se ha casado con la modelo Cañadas, la de los morros hinchados a puñetazos corsarios… o tal diría al ver tamaño despropósito). Tras aplaudir al gentil Príncipe Azzurro dejadme hacer el acostumbrado elogio a la que, para mí, siempre fue la gran protagonista de la película: la Reina Mala. ¿Os asombráis?&lt;br /&gt;No creo. Si bien se mira, la heroína Blancanieves es una pavisosa, muy en la línea de una Leticia Sabater pero sin tanta gilipollez encima. EL único fallo de la Reina Mala es que no le arrancase ella misma el corazón a la tontita (Blancanieves, no Leticia) en vez de confiar el trabajo a un inepto que la dejó con vida. Y es que no se puede delegar.&lt;br /&gt;La Reina Mala es fantástica. Yo creo que ella y Cruella de Vil son los personajes de Walt Disney que han contribuido a crear más mariquitas en tres generaciones de niños indecisos. De todos modos, un amigo mío se apuntó a la zoofilia después de verle la cornamenta al papá de Bambi. ¡Ese ciervo sí que era un macho! Por cierto, si pasáis por Ámsterdam, no dejéis de adquirir el vídeo I love horses. Trata de un mancebo hindú que se lo hace con un caballo y pone tal fervor que deja a la bestia mareada. Diré en su desagravio que el caballo está como un tren.&lt;br /&gt;Volviendo a la Reina Mala, recuerdo una frase de Berlanga: “¡Ay, esas mujeres perversas que tanto nos fascinan!”. Lo cierto es que yo siempre las he preferido a las ingenuas y, desde luego, a las santas. El público operero, especialmente la abundante rama gay, sabe que donde esté una Eboli tremenda ya puede desgañitarse Elisabeta… De todos modos, mi favorita será siempre la princesa Amneris. De haber nacido en Menfis y no en Alejandría, me hubiera gustado ser el Portador del Abanico de Amneris para ser su confidente. De entrada, le hubiese aconsejado que despidiese a Aida ipso facto. Yo, a las falsas ingenuas, las calaría con sólo verlas poner los pies en el serrallo. Del mismo modo que calé a María Estuardo, que siempre iba de mártir por la vida y, en cambio, en la ópera de Donizetti, le suelta a Isabel I: Parli tu di disonore, figlia espurea di Bolena!O sea, que la mosquita muerta trata de hija de puta a la protectora de Shakespeare. ¡Qué mala leche! Pues miren: no la aguanto. Es decir, sólo una novelita de Walter Scout que leí en mi infancia: El paje de María Estuardo. Claro que mi fascinación sería por el paje; que, por cierto, era un pijo.&lt;br /&gt;Presiden mi fascinación dos malas egregias: Antinea, soberana de la Atlántida, que convertía a los hombres en piedra, y Nefernefernefer, la cortesana babilónica que le sacó a Sinuhé toda su fortuna y la tumba de los padres y para colmo no se dejó poner la mano encima. Ejemplos nefastos, decían los nefastísimos curas de mi nefasta escuela; sin membargo, yo prefería a estas mujeres antes que las pesadas como la Verónica, que se limitó a inventar la fotocopiadora con la cara del Redentor; y desde luego que Juana de Arco, la más pesada de todas las francesas, que ya es un récord. De todos modos, como bien sabrá mi admirado Manolo Vázquez Montalbán, docto en condumios, mademoiseille de Arco tuvo el mérito de inventar el pollo a l’asty la barbacoa. También dicen que inventó la tortilla, pero en esto no me meto. Equivaldría a insinuar que era omeletera, y no todo el mundo está preparado para tales puntazos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;DAMA DEL ROCÍO&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 29 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este “verano de mi descontento” –perdonad, deformo a Shakespeare- regresa mi memoria a Alejandría, como prometí en artículos pasados. Regreso, sí, a caballo de la literatura. Como si viviese en la pensión Miramar, par que Mahfuz me hiciera un retrato cruel. Como si fura un ex-alumno del Victoria Collage que busca, en las aulas polvorientas, sus recuerdos de infancia (imposible: mis verdugos fueron los Escolapios de la Ronda).&lt;br /&gt;Alejandría, Dama del Rocío, escribió el Nobel. Alejandría, tierra del azafrán, exclamó Edgar Al-Jarrat. Pero si en este verano de mi asqueamiento quiero evadirme hacia la Via Canónica y tomar un café en Pastroudis será para descubrir que no me esperaba mejor destino: en verano, Alejandría es una playa de moda, donde los ricos del petrodólar y la nueva burguesía egipcia se dedican a disfrutar del hormigón armado y a exhibir telefonillos (llámanlos mobáils) a razón de dos por cada mano. Las pretensiones de los nuevos ricos dan a la Dama del Rocío un signo grotesco, en este momento de su prometedora restauración. Hay un alcalde tipo Maragall que sabe lo que hace, tipo Alejandría, ponte guapa. Le han lavado la cara a la Corniche, están lavándosela a la Plaza Mohamed Alí, antes de los Cónsules, y en cierto modo se intenta recuperar, para os bolsillos ricos, la riqueza arrebatada con la Revolución. El dinero ha cambiado de manos, pero sorprendentemente los viejos mitos del prestigio han resucitado y cuando creíamos que los excesos de la monarquía quedaban encerrados en el museo que muestra sus joyas, resulta que un restaurante de superlujo nos hace cenar debajo de enormes fotografías del rey Faruk, la reina Farida y hasta el sha de Persia, que antes de Soraya y Farra Diba se llevó al tálamo a la hermana del rey. Las fotos del banquete nupcial muestran tal joyería que Tiffany’s, Cartier y Vasari parecerían tienduchos de una película de Youssef Chahine, época pobretona (estación Central, preferentemente, buscadla en París). &lt;br /&gt;El restaurante de marras es el del hotel El-Salamlek Palace, sito en los fabulosos terrenos de Montazah, palacio real de gusto ecléctico, como todo el arte de aquellos tiempos. Y es que, seamos sinceros, Alejandría sería muy rica, pero un mundo de kitsch lo tuvo. Me dicen que el restaurante ocupa el edificio que fue pabellón d caza. No les habrá costado mucho esfuerzo recuperar algunos fastos: el American Bar está situado en lo que fue la biblioteca y acaso fumoir, y sus artesonados tienen gran prestancia. También las fotos que nos muestran a Farida, con un estilo que jamás conseguirán las nuevas alejandrinas del mobáil. Los abanicos de plumas de la soberana habrían servido a Josephine Baker, a Mistinguette y sobre todo a Zizi Jeanmaire (recordad aquel espectáculo de título mariquita: Mon truc en plumas), pero el destino de Farida fue más triste: Faruk conoció a la burguesa Narrimán y la repudió. Lástima porque, al parecer, el pueblo le tenía voluntad. A Faruk no porque, al parecer, era un poco bestia. &lt;br /&gt;El-Salamlek Palace se permite atestar un último golpe a la Historia ilustrando sus menús con exquisita memoriabilia de la familia real: Faruk, su padre Fuad y, claro, Farida. Podéis comprarlos a precio también monárquico y si deseáis arruinaros hay preciosos álbumes de fotos sobre aquella época que los nuevos ricos vuelven a considerar dorada. ¡Los nietos de los que hicieron la Revolución! Particularmente esas compras me producen un extraño sentimiento parecido a la necrofilia. Recuerdos de otros, memoria que no me pertenece, agonías de las que me apropio para edificar mi fantasmagoría mítica. Todo en Alejandría, tierra de azafrán. En Alejandría, Dama del Rocío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;¡MÁS PETARDAS!&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, 30 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los mandamases de este periódico le habré fallado. Atendiendo a la cariñosa pero ya enojosa expectación que ha despertado mi lucha contra el tabaco, solicitaban ellos 30 artículos describiendo estos avatares, pero yo no soy madre Teresa de Calcuta –ni ganas, ¡cuán fea era!- ni tengo espíritu redentorista como algunos de mis compañeros, que más que escritos hacen sermones. Y si bien expuse lo frustrado que resentía por caer de nuevo en el error, y la lucha quede ello se derivaba, opté por decidir que cada uno es dueño de sus actos y que yo no soy nadie para aconsejar a los demás… máxime cuando tanto consejo necesito. De manera que he pasado el atroz agosto haciendo cantatas a la gente que me gusta y dejando asomar mi indignación por cosas que me escandalizaban –vocablo tan caro a Pasolini-, desde las agresiones de ese individuo de Roma, el Wojtyla, a los incontrolables cretinos que han poblado nuestras televisiones, bajo el celestinaje, entre otros, de una tal Ely del Valle, nueva sacerdotisa del cotilleo más abyecto.&lt;br /&gt;Aquí pudiera decirme algún purista: “Cuidado, enanito: también era una gran cotilla Marcelina Proust, y ya ves lo que le salió…”. Esto sería una verdad a medias; es cierto que la Recheche no la escribe un mariquita discreta, pero el genio es el genio y una cosa es escribir una obra maestra contando secretillo de Oriana de Guermantes y el señor Swan y otra llenar la tarde de los españoles con gente como Lauren Postigo y una pandilla de horteras que, para colmo, tienen opinión. Y no es sólo eso: es que, además, la expresan a voz en grito, aprovechando que en este país no existe la pena de muerte. Bueno, sí que existe: ellos son la pena de muerte para el ciudadano sensible.&lt;br /&gt;Aquí empieza el verdadero escándalo de estos tiempos largamente anunciados: en la idiotez que nos domina. Y cuando Umbral declaraba en un curso veraniego que España está hundida por culpa de Internet, estuve a punto de sugerirle que abandonase por un momento el Madrid de Larra y decirle. “Pues yo doy gracias a Internet porque durante un mes he podido escapar a los horrendos contubernios de las playas manchadas de MacDonald’s, a los engendros televisivos, a los chismes de la futbolería y sumergirme en la Británica, en los grandes museos, en las excavaciones de Gizeh, en las páginas de cine mudo o en los excelentes espacios de egiptomanía del señor Barahona. ¿Qué otros pierden el tiempo preguntando chorradas al Pisha de Gran Hermano? No lo dudo. Pero también sé que, si en el cielo todos seremos iguales, en la tierra todavía hay clases.&lt;br /&gt;Afirmo que la estupidez, la mediocridad, lo antiguo, se ha producido fuera de Internet, desde los saraos de Mallorca y Marbella hasta esa especie de fregona reciclada a quien el torero Jesulín No-Sé-Qué tuvo la mala idea de hacerle una niña. Y lo de mala idea no lo digo por la criatura, santita mía, sino porque ha dado ocasión a que la ordinaria señorita se haya paseado por las teúves contando todas las intimidades de una familia que tampoco puede considerarse el paradigma de la intelectualidad sofisticada. Vamos, que al lado de toda esta tropa la misma Carmelilla Ordóñez es la difunta Begur Yvette, paradigma de la elegancia para Boris y para mí.&lt;br /&gt;¿Qué Internet tiene la culpa de la idiotez que nos invade? ¡Por Dios, señores! Los idiotas no flotan en la red. Los idiotas están entre nosotros. Más trágico aún: son los monstruos producidos por el sueño de nuestra razón anémica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;ADIEU, LES COPAINS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Terenci Moix, El País, 31 de agosto de 2000&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué espanto! ¡Cuánto oprobio! ¡Qué ludibrio (SNIFF)! Hoy me doy cuenta de que, para El País, sólo he sido chico de verano. Como esos pollitos que vomitan sus rockerismos pachangueros y, una vez exprimidos por las discográficas, tienen que ponerse a vender castañas durante el otoño. Como aquella bailarina de una película sueca de los años cincuenta: Bailó un solo verano.&lt;br /&gt;Hoy salto para siempre de esta página. Siento una desolación que me arranca de cuajo las entrañas y hace que se me claven en el corazón las dos manecillas que tiene el reloj. No fueron los arúspides, no, quienes vinieron a cantarme la sentencia, antes bien, ya estaba decretada; los que manejan el capital de esta casa me dijeron que me permitirían hacer prácticas durante el mes de agosto y, después, a otra cosa butterfly. Pero yo, recordando que la esperanza es una de las cosas que nos diferencia a los humanos de los canguros, pensé que mi juncal presencia se prolongaría hasta otoño. Aventuré: “Si les gusto en el coro de Las Lagarteranasme cogerán como tiple cómica para Gigantes y cabezudos”. Pues no. Mi destino está echado. Mis cartas marcadas por el sino, como las de Carmen. Igual que FLoria Tsca, podría levantar el puño al cielo, y, des lo alto de  Castel Sant’Angelo gritarles a los directivos de este periódico: “Avanti a Dio! Avanti a Dio!”. Pero como soy un humilde catalán Fol., es decir, a native of Pujoland on Bordeline, he ascendido a las luminosas cimas de Montserrat y allí, a los pies de betún de la Moreneta, he rogado por mi porvenir periodístico (por cierto, el nuevo abad de la secta está buenísimo. Una cosa no quita la otra. Un abad bien puede tener un polvo, y no el de los siglos, que éste sería el abad Oliva, sino el del enculement. Y no se me ofenda vuecencia, que al fin y al cabo polvo somos y en polvo nos convertiremos).- &lt;br /&gt;En estos penares ando cuando un amable especialista en linajes, apellidos y coronas de doble filo me comunica haber desde algún remoto rincón de la Edad Media –época de Hermenegildo el Coñón, seguramente- me espera un título nobiliario que no ha sido reclamado. “Pues vaya título será”; pienso, pero al punto recapacito que asumir un escudo sería una linda venganza contra los capitalistas que me echan de mi página. Y al fin y al cabo yo, como Blanche Du Boixs, siempre he dependido de la amabilidad de los extraños.&lt;br /&gt;Según esta autoridad en materia de azulete en la sangre tengo derecho a reclamar un título de infanzón. Sólo que me da alipori hacerlo. Primero, por sentido del ridículo histórico. Segundo, porque desde el Medioevo a estas horas mi linaje se habrá cruzado con tal cantidad de lavanderas de río turbio y villanas de mesón que es mejor non meneallo; después, porque Benavente tiene una obra que se llama La Infanzona y ya me veo puesto en chanzas y chistes. Terecero, porque siempre me han llamado enfant terrible y podrían derivarlo a infanzon terrible, que es más chirigota. Y cuarto, porque con los doblones que te afanan al sacarte un título me venden muchas obras maestras en DVD, así como educativos pornofilms de la casa Can-Am (ya sabéis: los machitos canadienses que luchan empelotados) o bien de la mansión Zeus (recordad: la que flagela a los machos y les llena los pezones de agujas, tipo Inquisición cibernáutica).&lt;br /&gt;Por otra parte, ¿cómo puedo pegarme un título si me quedo sin trabajo? Los chicos de verano no tenemos derecho a nada (SNIFF). Los chicos de un solo verano somos como los pobres niños de Los hijos no se venden o Los hijos de nadie; del arroyo somos y al arroyo hemos de volver. Ya os anunciaré, en mi página web, la esquina donde venderé castañas. Entre otras cosas para mantener la jodida página con ciertos visos de decoro.&lt;br /&gt;Creo que lo dijo Ignacio de Loyola du Palais: “En tiempos de desolación, no haced mudanzas”. Y, de todos modos, no puedo seguir pensando en esto. Me volvería loco si lo hiciera. Lo pensaré mañana. Eso: volveré a Tara y mañana pensaré en recobrar al abad de Montserrat. ¡Síiiii! Después de todo,  mañana será otro día.&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6764783-108177642366179522?l=adicciones.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6764783/posts/default/108177642366179522'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6764783/posts/default/108177642366179522'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://adicciones.blogspot.com/2004_04_01_archive.html#108177642366179522' title=''/><author><name>archivo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14695316869575414075</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry></feed>
